MANUEL MARTÍNEZ ARNALDOS
Resulta curiosa, y no exenta de cierto interés, la clasificación establecida por el consejero Pedro Alberto Cruz entre ´generaciones fuertes´ y ´generaciones blandas´. Y de la que se hacía eco, la siempre oportuna y aguda percepción crítica de Ángel Montiel (La Opinión, 12/1/2012). Y digo curiosa, como también advierte éste, porque es interesada a los fines del consejero; pero, a la vez, es atractiva en cuanto a la utilización de los adjetivos ´fuertes´ y ´blandas´. Calificaciones merecedoras de una más profunda reflexión, en el siempre complejo estudio de las generaciones, si no fuera por el desajuste y aplicación a décadas en el que incurre Pedro Alberto Cruz. Pues en cualquier caso, y pese a la ambigüedad y difícil deslinde que comportan las generaciones, sería más apropiado incidir en quincenas. Como dejaron anotado José Ortega y Gasset (En torno a Galileo, 1933) y su discípulo Julián Marías (Generaciones y constelaciones, 1989), el hombre, a partir de los 30 años,
comienza a reaccionar por sí mismo ante el mundo que le rodea y trata de aportar nuevas ideas sobre los problemas que encuentra. Y ese mundo innovado se convierte en su mundo vigente. Luego, comienza una nueva etapa, en torno a los 45 años, en la que dirige, gobierna y defiende, lo que antes ha innovado. Y, sobre todo, lo defiende porque otros hombres de 30 años empiezan a reaccionar ante ese nuevo mundo.
El primero de los mundos innovados puede ser propio de una ´generación fuerte´, y el segundo de una ´generación blanda´ que se acoge a sus enseñanzas y directrices. O bien, a la inversa, la segunda generación subvierte a la primera y se transforma en fuerte. Lo que nos lleva a observar que hay generaciones ´polémicas´, como otras ´acumulativas´, solidarias con la anterior. De ahí la incongruencia de Pedro Alberto Cruz de aplicar el término de generación a décadas, como la de los 60 y 80 (fuertes), o la de los 70 y 90 e inicios del siglo XXI (blandas), en vez de hablar de ´promociones´ estimuladas de modo común, de coexistencia parcial, y cuyo conjunto puede dar lugar a generaciones. Tiende, por tanto, a crear cierta confusión entre ´promoción´ y ´generación´; a configurar una especie de dientes de sierra que no son sino reflejo de tendencias culturales surgidas al amparo de unos condicionantes sociales e ideológicos de cada momento histórico (décadas). Un intento de ruptura de posible coexistencia que responde a un afán de buscar alternancias para explicar disonancias culturales tan del gusto de nuestro consejero.
Pero lo que sin lugar a dudas nunca puede constituir una rémora, según su propuesta, es la de los individuos que se formaron en las década de los 60. Pues todos ellos adquirieron una sólida preparación intelectual, capaz de interpretar futuras novedades culturales y técnicas (tras el uso de la máquina de escribir supieron adaptarse a Internet, a modernos programas informáticos y al iPad, por ejemplo). Es más, según las recientes investigaciones sociológicas, en torno a los 90 y principios del siglo XXI surge una revolución cultural de la juventud heredera del 68 que bloquea dos décadas. Y de la que surge un nuevo concepto de generación basada en el cosmopolitismo, en una visión universal, que propicia la noción de «constelaciones generacionales cruzadas» (U. Beck y E. Beck-Gernsheim, Generación global, 2007); es decir, una generación global marcada por cambios profundos. Y, desde luego, de lo que tampoco se les puede tachar es de rancios, pues gracias a ellos se abrieron grandes ventanas a la libertad cultural y propiciaron las más diversas inquietudes intelectuales sin renunciar a un saber humanista fuertemente consolidado.