JAVIER CUERVO
La muerte de uno de los padres de la Constitución y de la derecha española interrumpió el Baile de la Prensa, que con ese gesto reconoció al prohombre que tanto les había despreciado.
Las reacciones luctuosas fueron inconmensurables como corresponde a quien vivió todas sus vidas intentando imponerse a las otras, obteniendo su favor, su contra y, al cabo, la aceptación de su perpetua presencia.
Lucieron a media asta las banderas en los paradores, donde se ofreció menú de vigilia durante tres días seguidos, y en los más antiguos hoteles de las costas desarrollistas se organizaron desfiles de botones bajitos jubilados y de gallardos hamaqueros en activo reclutados fuera de temporada. Mondo Brutto precipitó un monográfico Spain is different!, especial bizarro, con cuadernillo en color en el que se mezclaban burros con botijos, cantantes de rumba con minifalderas y estudiantes defenestrados.
La Real Sociedad de Estudios Frenológicos reclamó, respetuosamente, la cabeza en la que habían cabido con amplitud el Estado, una vastísima memoria, las más variadas erudiciones, las aspiraciones cimeras, las frustraciones abisales y la pragmática aceptación.
Una columna de gaiteiros de las cuatro provincias galaicas y representaciones de todos los países del Arco Atlántico avanzó con marchas funerarias hasta el fin de la tierra y entonó un réquiem cuando el sol se precipitó en el mar y lo incendió. La Hermandad de Hipertensos despidió con misa de maitines a su presidente honorario vitalicio y la Sociedad Cinegética Hispano Africana le concedió la escopeta de oro y marfil a título póstumo.
Llegaron telegramas del departamento de Defensa de Estados Unidos y del Comité de Gerontócratas de la Revolución Cubana y lució su palidez floral la corona con la banda «tus chóferes oficiales no te olvidan» en humilde y postrera gratitud del servicio al Estado.