Gajes del oficio

Sin hilos

 04:00  

RAMÓN JIMÉNEZ MADRID Si se presentara un tuareg africano de golpe, tras bajar del avión en Corvera o en el aeropuerto de más allá, se sorprendería, pienso yo, de la forma de vivir de los españoles, europeos al fin al cabo aunque sin propósito de perfeccionamiento. Y se echaría las manos, probablemente, de ver el derroche que hacemos de luces —ellos que no conocen la bombilla ni los ingenios de Ikea— y de agua, incluso en una región tan seca y raquítica como la nuestra. Y ellos, que tan acostumbrados están a mirar las estrellas y a pisar la arena, a subirse en los camellos y a conducir a sus rebaños de cabras con calma y sosiego, con tranquilidad ya que disponen de todas las horas para ellos, no entenderían del todo las prisas que lleva todo quisque viviente en esta tierra nuestra, como si fuera necesario hacerlo -incluido el amor- de modo urgente, en apenas minutos.

Y seguramente, nada más bajar y abrir los ojos al mundo que llaman civilizado, occidental o huertano en el caso de
llegar a esta tierra de promisión, se preguntaría qué hace cada individuo con un aparatejo pequeño en la mano, hablando solo, gesticulando, riendo, llorando, mascullando, maldiciendo, bajando el diapasón, subiendo el timbre, atropellándose de palabras, intentando, como en una eyaculación precoz, echar fuera de sí todo cuanto se piensa o se proyecta, dónde se está, qué hay para comer, qué tiempo hace en Madrid, si llueve en Pamplona o si ha dimitido Zapatero, en el caso, claro está, de que pudiera el viajero saber y entender realidades que no ha conocido o que vive al margen. Y llegará el día, lo aviso y anticipo, de que veremos a un velocista de los cien metros corriendo en la pista y contestando al móvil, tal es nuestro desafuero con los nuevos aparatos tecnológicos, dotados de un dinamismo asombroso y espectacular para los que hemos conocido otros tiempos en donde nos inclinábamos por la más completa aventura cuando pretendíamos saber en qué sitio estaban nuestros padres.

Y viene a cuento porque no hace mucho hablaba con una persona sobre las formas de vida de hace apenas unos años —lo que vale para rejuvenecer mi senectud— con las actuales, las maneras de vivir tan pronto acabó la guerra, esa de la que tanto se escribe y que ya nadie recuerda porque ya quedan pocos que la sufrieron— y los tiempos actuales en los que todos estamos sometidos a la esclavitud del móvil. En aquellos días, y pongo por caso Águilas, mi siempre amada ciudad natal, vivíamos bastante al margen de las cosas porque entre otras cosas escaseaban los teléfonos en los años cincuenta, había que esperar horas para tener línea en los sesenta, había que pedirla a centralita y llamar al extranjero podía costar, aparte de un riñón de la cara y otro de abajo, aguardar dos o tres días de tensa espera, bien sea ante el negro aparato de baquelita o ante las siempre despiertas celadoras, interesadas, sobre todo en los pueblos, en lo que pedías, en lo que solicitabas, de lo que mucho o poco que amabas a la novia si por casualidad se te ocurría llamar desde la distancia, hecho no siempre factible ni por dinero ni por otras contingencias de aquella atrasada sociedad, casi africana, apegada a la naturaleza, cercana a la vida sencilla y cotidiana, sin las ansias universalistas de saber qué ocurre en Japón, si ha estallado la caldera, si Sarkozy le ha dado un meneo a la Bruni (la verdad es que todos nos hemos hecho tan cotillas como aquellas antiguas celadoras de la Telefónica ante las que debías expiar tus penas, como delante del cura en el confesionario) o cosas similares.

Y ahora, en pocos segundos, marcas con París para saber si llueve, con el Estrecho por si aprieta el levante, con Praga por si hay nieve y peligro en el aterrizaje. Al instante somos servidos por una legión de mensajes que nos apremian y reclaman, por cientos de señores que precisan una palabra nuestra —incluida la de los jubilados— por si hay que pedir un crédito, si hay que pagar una hipoteca o si te cambias de compañía telefónica, de gas, de electricidad o de partido político, que pronto estos se pondrán en venta, si no lo están ya. Y dependemos del zumbido que nos llega al tímpano, del tembleque eléctrico que sentimos en la entrepierna cuando se produce la pequeña descarga o la llamada, y ya no es necesario tocar la mano ni el pie de nadie para saborear la voz o la risa del que está a muchas millas. Y lo que era un acto privado anteriormente, se ha convertido en una esclavitud en la que todos participamos si por casualidad das con un maleducado en el interior de un tren o en la soledad de una consulta médica. Y claro, todo eso ha servido para ganar tiempo a costa de perderlo.

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