AMADEO FABREGAT
Vivo a diez minutos de la madrileña Puerta del Sol, donde pasé estos días muchos ratos. No soy un indignado, o sí, no sé, depende. Lugar de tránsito para llegar al Madrid de los Austrias, o a las óperas del Real, o a la zona de prostitución y sex shops de la calle Montera, la fea remodelación de la plaza ha resultado muy útil para la acampada del 15-M. Durante el día me daba una vuelta por Sol, y por las noches alucinaba con la información de las televisiones. Entre el papanatismo y la manipulación, siguiendo los medios tenía la impresión de que la Virgen de Fátima, o la de la Almudena, que queda más próxima, se iba a aparecer en Sol para revelarnos el secreto de la democracia perfecta.
Algunos periodistas interpelaban a los jóvenes portavoces como si entrevistaran a catedráticos de Derecho Constitucional, demandando alternativas y hasta programas. Como si la gente del 15-M tuviera que parir en unas pocas jornadas las soluciones que los dirigentes del país no han sabido arbitrar en años.
Lo de Sol ha resultado demasiado heterogéneo como para reducirlo a unos pocos conceptos. El gran activo de la convocatoria ha sido el éxito mismo de la convocatoria, su genérica voluntad de mejorar las cosas pacíficamente. Ese estallido tranquilo ha sembrado el miedo entre los políticos, y también el deseo de apropiarse de la patente. Estas tardes pasadas, en Sol, no llegué a oír ideas novedosas, pero sí me pareció atractiva y distinta la forma de exponer lo que todos ya sabemos, y la predisposición de la gente, no sólo jóvenes, a manifestarse. Sus palabras en contra de la corrupción y de los abusos de la banca no apuntaban nada nuevo, pero el hecho de decirlas allí , megáfono en mano, con espontaneidad y sin miedo, coreados por el novedoso código gestual del 15-M, sí.
En Sol, y en los corrillos que se formaban en las calles adyacentes, para debatir temáticamente, no sólo se ha hablado de la democracia real sino también del amor, de la humanidad, de la comunicación. En la tarta de Sol hay porciones de filosofía y de espiritualidad, y hasta de coaching, aunque los medios hayan destacado más el combate por la democracia participativa. Verbalmente, la izquierda clásica da prioridad a la lucha política, aunque luego tenga bien poco de lucha, y mucho de graciosa concesión a los mercados. Y desatiende en cambio el combate que cada cual ha de sostener consigo mismo, para mejorar o simplemente para sobrevivir. Los de Sol no son gentes marginales, como a veces se ha dicho, ni mayormente anti-sistema, a no ser que por eso se entienda clamar en contra de las grandes estafas bancarias internacionales, en cuyo caso también yo debo de serlo.
Lo sorprendente del 15-M madrileño es el orden con que todo ha transcurrido. Calles de tenderetes construidos con listones de maderas, cartones, plásticos, con una limpieza que ya quisieran muchas ciudades para sus barrios. Han inventado un nuevo método donde todo está codificado: la manera de debatir, los signos a emplear, los protocolos para llegar a los consensos... Y la heterogeneidad, dentro del respeto más absoluto. Gente que participaba, gente que miraba, gente que se hacía fotos con la asamblea general como paisaje de fondo, como si fuera la concentración un reclamo turístico... No habría sido lo mismo sin los medios, con los que han mantenido una relación no siempre cordial. Pero los medios son volátiles, como la opinión pública a la que sirven, y han de cambiar continuamente el escaparate para seguir creando interés. ¿Quién se acuerda ya de Túnez o de Egipto, por no decir de Bin Laden?
La gran catarsis colectiva de la jornada de reflexión elevó la audiencia de Sol al máximo, y a partir de de ahí comenzó a decaer el interés mediático. Creo que la concentración tenía que haberse disuelto al día siguiente, en la cresta de la ola. Pero la lógica de Sol no ve con buenos ojos cualquier dependencia de los medios. Y eso a pesar de tratarse de una concentración mediática, impulsada por las redes sociales y las televisones, una contradicción que tendrán que resolver en el futuro. Por lo mismo, diría que aún tratándose de una organización no organizada, como ellos dicen, han demostrado un nivel organizativo altísimo. Es una lastima que muchas de esas personas, tan metódicas y esforzadas, no puedan tener ahora la posibilidad de crecer profesionalmente como hicieron sus progenitores. Visto lo visto, dirigirían el país mucho mejor que ellos. Los jóvenes de Sol no pedían estos días la revolución, más bien la oportunidad de ser líderes un día, y ejercer ese liderazgo de otra manera, más justa y compasiva.
Como dice un amigo, Sol ha sido una maravillosa alegoría, el amor universal desparramándose sobre la plaza.