GEMA PANALÉS LORCA
Estuve ayer con ellos. Hoy es viernes, pero este artículo se publicará el lunes. Muchos habrán ejercido su derecho al voto, otros no, pero todos conoceremos el 100% del escrutinio. A estas horas todavía no tengo muy claro si estos jóvenes podrán continuar su acampada reivindicativa o si se producirá algún altercado que cambie, drásticamente, el rumbo de los acontecimientos.
Pero, como les decía, yo estuve el jueves con ellos. Fui de noche a La Glorieta —que ellos han rebautizado como la Plaza de la Revolución del 15 de Mayo— y lo cierto es que más que el número de jóvenes allí presente —que era notable—, me sorprendió la cantidad de amigos y conocidos que se encontraban entre los acampados.
Hablé con ellos. La mayoría estaban eufóricos, muy elocuentes y entregados a la causa. Me contaron que acababan de terminar su asamblea y que habían decidido crear el Comité de Valores, que se sumaba al de Acción, Prensa, Redes Sociales e Intendencia, entre otros.
Yo los miraba con recelo. Me acordé de lo que oí en la radio («esto del Movimiento 15-M huele a Rubalcaba»), de la oportuna ´espontaneidad´ de las acampadas y de cómo el Partido Socialista colgó en su web el manifiesto de estos jóvenes e, inmediatamente después, decidió retirarlo y atribuir el hecho al socorrido ´error informático´ que hizo célebre a la eternamente joven Ana Rosa Quintana. ¿Ni PP ni PSOE?
Sin embargo, me di cuenta de que había algo tan bueno y puro en sus reivindicaciones que decidí examinarme a mí misma y desterrar mis prejuicios infundados fruto de la intoxicación. Efectivamente, estos jóvenes quieren cambiar las cosas y quieren hacerlo desde dentro. Es decir, desean estar presentes en la esfera política, pero no para salir en la foto, sino guiados por una vocación de servicio público comprometida y noble.
Fue sorprendente. Jamás hubiera imaginado que mis amigos y conocidos estuvieran tan entregados a la causa política. De repente, se habían convertido en líderes improvisados que debatían, se organizaban, tomaban decisiones y trabajaban con convicción e inteligencia por el bien común. Entonces me acordé de esos ´grandes demócratas´ de la derecha que se atrevían a descalificarlos como interlocutores políticos válidos sólo por su edad o apariencia y, ante la cerrilidad de sus propios argumentos, optaron por manipular a su antojo las reivindicaciones de sus
jóvenes enemigos. Qué patéticos resultaban.
La culpa es del anquilosamiento de los partidos. En lugar de abrirse a la sociedad, a esos jóvenes preparados y resolutivos que son capaces de entregar su energía y esfuerzo por un ideal que consideran mejor que ellos mismos, han optado por cerrarse en una estructura que favorece la desidia y el sistema de castas.
Si tuviera que echarle en cara algo a alguno de los miembros del Movimiento 15-M que conocí el jueves, sería el desconocimiento del nombre de cada uno de los candidatos a la alcaldía de su pueblo —destruir es fácil, construir muy difícil y, para eso, es necesario conocer la realidad de la que se parte—. Sin embargo, nadie puede culparles por no saber dónde está la sede del PP o el PSOE más cercana, porque esas ideologías decimonónicas impiden a los partidos acercarse a la gente. Efectivamente, los partidos políticos deben cambiar y deben hacerlo ahora, en una sociedad en decadencia, pero en constante movimiento, donde la información fluye y cada día nacen nuevos códigos de comunicación.
En la Plaza de la Revolución del 15 de Mayo también observé la inquietante presencia de los perros viejos, aquellos que conocen perfectamente las reglas del juego y, de forma oportunista, deambulan como depredadores hambrientos de poder entre la multitud entusiasta. Los hay de todas las ideologías, son expertos manipuladores y están dispuestos a vender a su madre por ese cargo anhelado.
Cuando regresé a casa leí a Konrad Lorenz, el fundador de la etología moderna y Premio Nobel de Medicina. Hablaba del entusiasmo militante, de la presión colectiva contra el sentido crítico del individuo y la entusiasta disposición instintiva para convertirse en miembro de un grupo bien unido y definido, que lucha por ideales comunes.
La idea de entusiasmo militante la recoge de su trato durante años con animales. Lorenz observó cómo los chimpancés adquieren determinadas posturas y emiten sonidos rítmicos cuando luchan unidos por una causa: por ejemplo, el ataque de un extraño al grupo. El hombre, sin embargo, no precisa un estímulo físico, puede quedar cautivado por ideas, sueños o sentimientos. El entusiasmo militante es esa sensación que nos eriza el vello de la espalda cuando gritamos, entre miles de voces, «no a la violencia», «sí a la justicia» o «el pueblo al poder». Ese instante en el que sentimos que formamos parte de algo y que podemos cambiar el mundo porque no estamos solos.
El entusiasmo militante —dice Lorenz— «facilita el reclutamiento de voluntades entusiastas al servicio de valores realmente éticos» pero también añade que «el carácter abstracto de su objeto puede darle un aspecto claramente inhumano y hacerlo francamente peligroso».
Además, los jóvenes —que buscamos «ideales nuevos y tal vez mejores»—, somos especialmente sensibles a la influencia de esos «hábiles demagogos, expertos en el arte peligroso de crear situaciones anormalmente estimulantes» para hacernos «combatir al servicio de sus fines políticos»
Dicho esto, propongo a mis amigos y conocidos del campamento la creación del Comité Konrad Lorenz o de cualquier otro mecanismo de autocrítica —algo nunca visto en los partidos políticos de nuestro país—, tras el sano debate y la inteligente reflexión colectiva de la que están haciendo gala durante estos días.