Espacio abierto

La revolución ética como seña de identidad generacional

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CARLOS EGIO Hoy me desperté recordando una conversando sobre el futuro que mantuve hace unos meses en una reunión con amigos y en la que empecé a percibir un sentimiento de angustia que poco a poco voy considerando bastante extendido en mi generación. Quizá me equivoque, pero me parece que somos muchos los que nos sentimos algo perdidos. Y no perdidos como la generación que en los 80 se dio al caballo y que literalmente casi terminó por borrarse del mapa, sino perdidos porque nos encontramos en un mundo en el que han cambiado todas las reglas y en el que ya no nos sirven las orientaciones con las que nos educaron.

La máxima de nuestros padres era «estudia que llegarás lejos»… ¿Y adónde? Si precisamente hasta hace no demasiado esa generación copaba todos los puestos para trabajadores cualificados en un país en el que el sistema educativo no para de generar universitarios pero en el que el sistema productivo se basa en el turismo y hasta hace no tanto en la construcción… y ahora ni eso.

Es cierto, sin embargo, que muchos hijos de la clase media hasta hace poco podíamos viajar más que ninguna otra generación y elegir entre miles de formas de ocio y aprender idiomas y trabajar como cooperantes y emocionarnos con las nuevas tecnologías… Y, claro, viajábamos a los países anglosajones a aprender inglés y volvíamos, y seguíamos perdidos, y algunos elegían el camino de la cooperación y volvían, y seguían perdidos…

A veces pareciera que camináramos sobre humo. A la mayoría no nos educaron para la incertidumbre y… ¿dónde nos dirige todo esto? El que se casó y endeudó se siente angustiado porque nota cómo su vida se detiene entre el alboroto general, que ni siquiera su casa es algo a lo que asirse porque puede que la pierda y aún así siga debiéndole todo al banco, pero el que no lo hizo añora un lugar al que volver de todos sus peregrinajes.

Somos escépticos ante casi todas las instituciones sociales que nos rodean. ¿Cómo se van a mantener las relaciones cuando hemos visto fracasar a muchos de nuestros padres y el individualismo campa a sus anchas? Somos escépticos ante la política; tras la euforia de la Transición y las traiciones ¿quién cree ahora en los partidos? ¿En qué quedó el «no nos falles»? Y muchos de nosotros buscamos alternativas en un mosaico social bullicioso y multicolor excitante, pero a veces caótico.

Quizá por eso muchos nos seguimos comportando como niños, que al fin y al cabo es como muchas veces nos tratan, o nos refugiamos en las salidas nocturnas. Y así dejamos por unos momentos las dudas a un lado. Pero al día siguiente todo sigue igual… y encima nos mata resaca.

En nuestra reunión había una mayoría de parados y hasta una de nuestras amigas era mirada con cierta envidia porque cobraba ochocientos euros en una jornada completa. Y pensar que hace unas semanas el decano del Colegio de Ingenieros Industriales de la Región nos decía que «lo que nos falta es la cultura del esfuerzo. Tenemos que apretar los dientes y comprender que hay que trabajar por menos». Trabajar, ojalá; por menos, imposible. ¿Y quiénes tenemos que apretar los dientes? Los jóvenes ya lo estamos haciendo desde hace tiempo y, sin embargo, todos los indicadores muestran que se ceba con nosotros el paro mientras que los ricos, con esta crisis, son cada vez más ricos. ¿Por qué no apretarlos, pero de rabia? ¿Por qué no hacer de la lucha por un mundo más justo una seña de identidad generacional? Las mismas razones que nosotros, y hasta algunas menos, tenían los jóvenes de mayo del 68 para tomar las calles.

Hace unas semanas nació Juventud sin Futuro, una plataforma que combate, en sus propias palabras, «la agresión contra el colectivo juvenil en un escenario de crisis capitalista», y ha salido a la calle la plataforma Democracia Real Ya para buscar una ´revolución ética´ que termine con el uso de las personas como mercancía por parte de banqueros y políticos oportunistas. En el punto de mira de ambos movimientos están las reformas laboral y del sistema de pensiones, y la mercantilización de la educación pública. Si ya no sirven las orientaciones con las que nos educaron consideremos la crisis una oportunidad e inventemos otras nuevas… o no tanto. Frente a la competencia capitalista promovamos la solidaridad y el apoyo mutuo; frente al aletargamiento consumista, la rebelión; frente al escepticismo, un mirada crítica pero también las utopías.

Como muchos no nos cansamos de repetir una y otra vez, «otro mundo es posible». A lo que añadiría:?éste empieza a dejar de serlo.

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