MANUEL MARTÍNEZ ARNALDOS
Para el filósofo Feyerabend, «todo vale, todo sirve», según podemos leer, como lema, en las primeras páginas de su libro Tratado contra el método. Esquema de una teoría anarquista del conocimiento (1975). Y como bien se advierte en el título se trata de ir contra cualquier programa. La ciencia y sus reglas fijas y universales no tienen sentido, y la sinrazón no debe excluirse. Es decir, hay que huir de lo ´típico´ como tradición cultural ´falsada´ (falseada). Y en ese todo vale, como una performance o arte de acción, como algún que otro demente e iluminado ha llegado a calificar, se situaría la brutal, reprobable y arbitraria agresión sufrida por el consejero Pedro Alberto Cruz. Pero en tal agresión, al margen de los condicionantes políticos, subyace el problema de las estrategias, desvíos y desvaríos que las nuevas tendencias artísticas imponen, al situar al hombre como producto del relativismo cultural. Y hasta cierto punto, Pedro Alberto Cruz, con un encomiable afán por despertar el adormecido panorama cultural murciano y propagarlo no ya al dominio nacional sino al internacional, por medio de diferentes proyectos de arte contemporáneo, ha sido víctima virtual y ajena de los vaivenes y desafueros teóricos del relativismo posmoderno. Un ámbito que con gran acierto ha tratado el catedrático sevillano Esteban Torre en su reciente libro Visión de la realidad y relativismo posmoderno (2010).
Han sido muchos, en los últimos años, y bien valorados por la crítica española y extranjera, los proyectos de Pedro Alberto Cruz a través de su Consejería. Como por ejemplo, en este último año, Dominó Caníbal (con exposiciones de Jimmie Durhan, Tania Bruguera y Francis Alÿs), SOS4.8, o Manifesta 8; o en años anteriores, la presencia del famoso Amish Kapoor y la presentación en nuestra ciudad de su escultura Espejo islámico, la exposición de Orlan + Davidelfín, los seminarios y conferencias, en el CENDEAC, de filósofos, críticos y teóricos del arte tan prestigiosos como Javier Larrainzar, José Jiménez, Mieke Bal, James Cliford, o Jean Luc Nancy, entre otros; sin olvidar el performance art en diversos espacios urbanos. Un panorama en el que, sin lugar a dudas, Murcia está à la page en el arte y la cultura.
Sin embargo, como antes apuntaba, creo que alguno de estos eventos se ha vuelto en contra de nuestro consejero al no existir el necesario asidero metafísico, el de una cultura asentada en el estudio de conceptos básicos antiguos sobre la verdad y la belleza, y la ciencia del arte. Porque en lo posmoderno, como han denunciado A. Sokal y J. Bricmont en su libro Imposturas intelectuales (1998), hay mucho de erudición superflua, de charlatanería altisonante, de conceptos crípticos y un lenguaje oscuro que oculta banalidades con las que se intenta transgredir la norma. Y todo ello formulado desde la convicción de que nadie se atreverá a denunciar que ´el rey va desnudo´, como sí hiciera el mulato en el cuento de don Juan Manuel o la limpiadora de la conocida Galería Mayfair, de Londres, que tiró a la basura la obra del artista Damien Hirst, compuesta por botellas de cerveza vacías, ceniceros llenos de colillas y papeles de periódicos sobre el suelo; es decir, residuos y desperdicios. Tendencia artística similar a la exposición que, en Verónicas, nos ofreció J. Durham, para la cual estuvo recogiendo objetos desechados en las escombreras que existen en las afueras de Murcia.
No obstante, en ese marco de lo posmoderno, es de reconocer que también se engloba el buen criterio con el que se pretende abrir pluralidad de perspectivas y otras interpretaciones; aunque también se cuela lo que Ch. Lasch ha denominado como la cultura del narcisismo. Y ello, en pequeñas ciudades como Murcia, implica resentimiento y ataques a la cultura institucional. Porque el narcisista vive en perpetua insatisfacción y constantemente quiere reafirmarse, por lo que no duda en tratar a los demás (incluido el consejero) como espejos del YO. Y también hay en estos narcisistas un vacío de la vida interior que no es ajena a la era del vacío preconizada por Lipovetsky, y que ahora llama hipermodernidad. Una cultura hipermoderna, la de nuestros días, dominada por el narcisismo, el vacío espiritual y el todo vale. Un pensamiento, una filosofía, una dimensión artística que en Murcia, como digo, a diferencia de las grandes capitales tiene otras resonancias.
Y de ellas quizás, pese a su encomiable esfuerzo y propósitos, se ha visto afectado y vapuleado Pedro Alberto Cruz. De ahí que, recientemente, haya manifestado que piensa crear la Plataforma Cultura y Libertad. Pero supongo que insistiendo, primero y mucho, en la Cultura, que es la que nos traerá la Libertad.