JUAN BAUTISTA SANZ
Algunos que no saben de argumentos para convencer, que alteran a su capricho el orden obligado en una democrática acción de la política, plantados a las puertas de la vivienda particular del presidente Valcárcel, con la cobardía que les identifica, han insultado, escupido y violentado la tranquilidad de una de sus hijas que nada tiene que ver con la política. Por ´allí pasaba´ la cabeza visible del PSOE, la señora Begoña García Retegui —casualidades de la vida—, que no tuvo mejor ocurrencia que sumarse al colectivo de violentos, dueños también en su momento histórico de las cacerolas y las sartenes en día de reflexión electoral. Al día siguiente se manifestaron frente a la Asamblea Regional para intentar llamar la atención de su impotencia.
Por increíble que parezca, al delegado del Gobierno, señor González Tovar, señor de la Policía y responsable del orden público y la seguridad de los ciudadanos, lo ocurrido en la Gran Vía de Murcia no tiene ni siquiera el calificativo de ´incidentes´; sólo unos ataques verbales y unos huevos sueltos contra las personas.
Desde posturas racionales, pacíficas, democráticas, de participación en el ejercicio social, personal y colectivo; con el derecho de manifestación por bandera, de opinión contraria a quien regenta el poder por mandato de los electores, no pueden tolerarse actitudes como estas muy próximas y confundibles con el odioso fascismo del que a buen seguro, y con la boca grande, abominan; cuando su intolerancia les delata con sólo mirarles la faz descompuesta por sus odios y complejos de inferioridad.
La política y su organización, la administración de lo público no puede ser ejercida defendiéndose de las bandas de estos incontrolados que no saben ejercer la oposición razonada que dicta la inteligencia, porque carecen de ella. Yo lamento mucho estas agresiones sin cuento; esta protección de los autores del agravio por parte de quién debiera haber ejercido con responsabilidad su cargo. Lo peor de estar mal gobernados es constatar que lo estaríamos infinitamente peor con una oposición desquiciada.
Cuando el presidente Valcárcel, en la Asamblea Regional, pidió con fuerza y vehemencia a la oposición la demostración de despilfarro de su Gobierno era el momento del ejercicio razonable de la oposición. Sólo la mediocridad dejó sin respuesta al presidente que acabó diciendo que «cuando el adversario se equivoca no hay que distraerle». Un adversario descabezado, desquiciado y fuera del catálogo de los seres con buen criterio. No son formas las del insulto, la vejación y el escándalo, la agresión indiscriminada. Eso sólo demuestra su debilidad y su negación democrática.