Gajes del oficio

Bajo Sospecha

"¿Acaso es que los partidos políticos son pobres y no pueden atender sedes, teléfonos, elecciones, mítines, y han de recurrir a beneficiarse para mantener la marcha?"

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RAMÓN JIMÉNEZ MADRID Leo en un periódico, estando en la montaña, un artículo en la que se indica que Hacienda le sigue los pasos a más de cincuenta Ayuntamientos españoles involucrados en asuntos turbios, en negocios sucios, en posibles recalificaciones ilegales, en el cobro de comisiones por parte de algunos de los técnicos que trabajan en tales menesteres y en otros negocios que se llevan los concejales y alcaldes, muchos de ellos imputados, como bien saben, en los momentos actuales. ¿Quién no tiene en su casa un alcalde imputado o un político a la espera de que se despejen las muchas incógnitas que deja la siempre lenta y desesperante justicia?
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Y más tarde, aunque no suelo hacerlo, sigo la larga serie de comentarios que, como lobos hambrientos y ansiosos, se lanzan abiertamente en la gran Red en donde participan tanto aquellos que han reflexionado sobre la débil naturaleza del hombre —siempre adherida al robo, apegada al dinero y al beneficio—, y aquellos otros que participan abiertamente para denunciar las muchas lacras que hay en sus pueblos o ciudades, que no hay límite ni fin si tenemos en cuenta que lo que se denuncia en Internet por parte de esos voluntarios justicieros supera con mucho en cantidad y calidad a aquellos cincuenta reinos de taifas que Hacienda persigue. Es lo que más me llama la atención de la noticia, que cada cual, llevado por la noticia y guiado por la tecla, da por sentada la corrupción en su consistorio e incluso se permite recomendar a la mencionada Agencia Tributaria que investigue aquí y allá, en un pequeño pueblo de la costa (que han sido hasta ahora las poblaciones más afines al hecho ilegal por los valores que adquirían) o en las grandes ciudades del interior, que son las que siguen ese curso desordenado en donde no impera el orden ni la legalidad.

Si le diéramos crédito a todos no tengo la menor duda de que España sería sumamente rica porque admite en su seno un enjambre de ladrones que se enriquecen todavía a costa de cobrar bajo mano, de empalmar mejunjes o mover los lindes de las zonas marítimas. Y parece que hay pasta para rato así como nuevas averiguaciones para esclarecer los muchos casos de gentes de la derecha y de la izquierda, de los concejales independientes y de aquellos que sin ideología —la del dinero es la sede menos politizada— se acercan al poder para recoger la miel de papel.

Y me pregunto con ellos si intervienen unos y otros, si hay condenados en todos los bandos, no será que las acciones ilegales las ejecutan algunas personas que pertenecen a esos mismos colectivos ¿No será que una vez enterados de la manera que entran en las arcas generales, se procuran las individuales? ¿Acaso es que los partidos son pobres y no pueden atender sedes, teléfonos, elecciones, mítines, y han de recurrir a beneficiarse para mantener la marcha? Eso es, al menos, lo que se puede leer en los variopintos comentarios que, y lo declaro por anticipado, no suelo leer habitualmente porque en ellos, bajo el cobarde manto del anonimato, se oculta buena parte de maldad y de vileza, cuando no el resentimiento.

Me recordaba no hace mucho un amigo sudamericano que ellos admitían que quien conseguía el acta de diputado en el continente hispanoamericano, tenía pleno derecho a enriquecerse, que daban por hecho la corruptela y el juego sucio desde el mismo comienzo de su actuación. Me pareció exagerado hacer extensivo el hecho, pero hay que concederle mucho crédito teniendo en cuenta lo que se afirma de no pocos presidentes —el mester de tiranía de la novela hispanoamericana— que sigue operativo. Y ellos dicen que se sienten herederos
nuestros, así que de alguna manera, no brillantemente, justifican sus acciones pero delatan las nuestras.

La verdad es que noticias de esa índole deprimen y angustian, dejan un amargo sabor de boca que no se quita ni siquiera cuando se enchirona a los que han participado en la fiesta y en la dislocación administrativa. Parece como si hubiéramos creado una sociedad democrática preparada para el robo, una administración abierta e inocente al servicio de los desaprensivos, una plaga que mucho daño puede hacer en la mentalidad de un pueblo que se queda perplejo cuando se encuentra con noticias de este tipo en la prensa regional y nacional.

Una sociedad que no entiende los turbios asuntos de las comisiones, que no sabe nada de las mordidas, de las recalificaciones de torres y terrenos, de concesiones a las empresas que contratan, de los muchos mecanismos que parece que existen en un pueblo que inventó la picaresca. O que sigue viviendo en ella.

En verdad creamos ese amargo género literario con el Lazarillo a la cabeza. Pero mucho me temo que, leyendo los comentarios, hayamos llegado a su más alta perfección y vivamos todo bajo la sospecha.

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