JUAN BAUTISTA SANZ
He vuelto sobre pasos ya perdidos y he releído en tardes ociosas a don Pío Baroja. Puesto que su obra sobrevive, puede llamársele gigante de la literatura española y universal. Lo primero es indiscutible para los hablantes de nuestro idioma y aceptado por la mayoría de los estudiosos y especialistas extranjeros de nuestras letras; si su resonancia en el exterior, y nos referimos a países ajenos a nuestra lengua, no obstante las traducciones, biografías y estudios que del escritor existen, lo mismo que ocurre con Galdós, no es la de un Dickens, Balzac, Tolstoi y Dostoiewski, pongamos como ejemplos, se debe, a juicio nuestro, aparte otras circunstancias, a la insolidaridad de los españoles en cuanto a la propaganda de sus valores cimeros, mientras los demás se unen en coro de alabanzas sin disonancia para los suyos, y emplean todos los medios a su alcance con el fin de difundirlos y darles el mayor relieve.
De todas maneras, Pío Baroja y su obra han trascendido, y tanto el nombre del escritor como el legado de su talento no lo ignoran los lectores aficionados a asomarse a otras literaturas, además de la que produce su propio país.
Pío Baroja es el novelista más grande del siglo XX español. Acabado el siglo esta afirmación resulta irreversible. Cualquiera que, aun superficialmente, se haya interesado por la literatura española moderna sabe que Baroja se halla encasillado en la llamada generación del 98, entiéndase 1898, a la que dio nombre Azorín, el penúltimo de los escritores de dilatado renombre. El último, si no nos equivocamos, fue Bernardo G. de Candamo, muy valioso pero voluntariamente oscurecido, e indiferente a la fama. También es de sobra conocido que el citado grupo emergió en un instante de nacional desastre con la pérdida por España de las colonias que le quedaban del que fuera su antiguo Imperio. La ira contra la tónica general del país, la inhabilidad contumaz de sus Gobiernos, la imprevisión de sus políticos de todos los bandos y la indiferencia de los ciudadanos, ese sentimiento de honda irritación, fue reuniendo a unos pocos hombres, que se iniciaban en el cultivo de las letras, estimulando en ellos un justo inconformismo. Y esto, sin duda, sugirió el común denominador, cazado al vuelo, a uno de aquellos para aplicárselo. Azorín defendió en todo momento, desde que se le viniera a las mientes, su hallazgo como etiqueta agrupadora, y habría de escribir: «La generación del 98 existe. Y existe independientemente de su historicidad. Si se cree en ella, existe. Y si determina adhesiones y oposiciones ¿qué mas puede pedirse? La realidad es realidad no separada del hombre»...