PEDRO GUERRERO RUIZ
Siempre vestido de negro, siente la canción como un grito desesperado de amor y de rebeldía. Asume la vida como esperanza, aunque sabe que no es fácil vivir sin otra poética. Su conciencia le viene de los grandes poetas: Rafael Alberti, Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Nicolás Guillén, Gabriel Celaya o de los clásicos como Góngora o Jorge Manrique. Se llama Paco Ibáñez. Tuvo su fama en el Olimpia de París y es un trovador con guitarra y ligero de equipaje.
Supe más de él en Vallauris, cerca de Cannes y en 1971, donde vivía Picasso en una casa grande en Mougins. Era un bar, tan cerca del Museo de la Paz y la Guerra en una cueva donde el pintor malagueño había pintado al fresco la historia de la placidez y de la crueldad. Una capilla sixtina del siglo XX. Un deseo de lo que llamábamos entonces resistencia.
Muchos años después le invité a Lorca. Su voz quejumbrosa retumbaba en aquella Plaza de España como un nuevo mundo de libertad. Tal vez ya era 1980 y tanto él como Serrat y los Quilapayún nos trajeron otra vida distinta a la que habíamos padecido durante casi cuarenta años.
Pasaron los años y en «porque vivimos a golpes, porque apenas nos dijeron decir que somos quien somos» estuve con él en Carboneras, donde cantó el A galopar. Muy cerca, el mar se alegraba con su caudal de movimiento porque aquellos tiempos pasados se convertían en vida. Hablo de la inauguración de una plaza andaluza dedicada a los muertos por la libertad con unos versos de Alberti.
Ahora, pasado tanto tiempo de una juventud que vivíamos entre el miedo y la esperanza, recordar a Paco Ibáñez es rememorar casi cuarenta años de poesía y música.
Desde su Palabras para Julia hasta Poderoso caballero, el español, autoexiliado en París, conserva aún esa manera especial que, como Georges Brassens y Georges Moustaky, amigos suyos, supieron dar un pronunciamiento musical que arrebataba a aquella juventud que vivíamos de una música comprometida con la libertad y con una izquierda humanista que no se resignaba.
Porque apenas si nos dejaban decir quienes éramos, desde el Celaya que nos animaba a tocar el fondo y maldecía la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales, hasta la fecha, han cambiado muchas cosas.
Es ahora, cuando la izquierda dominante se enquista en la síntesis neoliberal de los nuevos tiempos de aquel horror del ´atado y bien atado´, cuando esa política burocrática y sin principios básicos, cuando esa, que viene rota por aquella que era socialismo francés y el comunismo italiano, y que huele a podrida por la ambición y la incoherencia esquizofrénica entre ideales y buena vida, la que se nos hace de mayor necesidad y urgencia agredir con la voz de Paco Ibáñez y la poesía de los clásicos-modernos y los poetas sociales.
Estamos tocando el fondo entre idiotas y necios que nos administran aquella libertad por la que luchamos. Pero no se nos olvidan los hermosos versos del poeta Celaya, que vivía en un tercero sin ascensor y no se murió con su mujer en la cama y casi muerto de hambre y de tristeza porque alguien los visitó un día, de aquellos que, instalados en una izquierda terriblemente indocumentada, necia y analfabeta no sabrán nunca que la vida, como la música y la poesía es un arma cargada de futuro. Y que el pesebrismo político se lava las manos, se desentienden y evaden.
Paco Ibáñez, sin amargo, es tan actual como ayer. A pesar de que haya pasado el tiempo en París, de que Picasso se fuera con algún Papa de Avignon a descansar de tanto pitar con sus cien mil ojos o de que una tarde, en Vallauris, en Lorca o en Carboneras, la gente supiera que «no puedes volver atrás».