Espacio abierto

El hombre liberal español

"Democracia, libertad y persona (recordarán los de la memoria histórica) son conceptos-eje de nuestra conciencia histórica (o lo que nos quede de ella)"

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JOSÉ PENALVA
A la memoria de Julián Marías

Democracia, libertad y persona (recordarán los de la memoria histórica) son conceptos-eje de nuestra conciencia histórica (o lo que nos quede de ella). Lo que es España (o lo que nos quede de ella) ha llegado a ser realidad gracias a una serie de proyectos en los que han confluido estas tres realidades. El ser demócrata, afincado en la esperanza en el hombre como ser personal. La persona, que sólo es en la verdad ante la realidad, y, al mismo tiempo, en el repudio de los poderes encubridores y suplantadores de la realidad. El hombre liberal, radicado en la convicción de que estamos llamados a desarrollarnos como personas, en nuestra circunstancia y entre nuestros circunstantes, mediante el ejercicio de la libertad y de la razón responsable.

Las tendencias totalitarias de nuestro mundo se han ido instaurando en la vida pública en la medida en que carcomían esas tres realidades. De hecho, el insulto más difundido en la España de 1940 —lo recordarán los de la memoria histórica— fue «demo-liberal». El hombre liberal (si auténtico, se entiende) cree que, aunque los poderes que subyugan a la persona tienen un inexorable componente institucional (el mal estructural, se ha llamado), la base de la resistencia y de la superación de los males nace del carácter personal, esto es: del valor ante la realidad y la fuerza de la razón, que siempre son personales. La libertad prorrumpe en las personas. Y el hombre liberal es quien se atreve a ser persona en la entraña de su mundo.

Ahora bien, nuestro mundo –la España real, y no la España de los telediarios ni de los tertulianos– sigue coronada de poderes señoriales que siguen carcomiendo a la persona y, por ende, a la libertad y a la democracia.

Estos poderes –los poderes de los señoritos de la España real– no son anónimos; tienen nombres y apellidos y unos procesos sociales bien definidos. Y los hombres liberales (los auténticos, entiéndase) se han atrevido a ponerles nombres y apellidos y a sacar a la luz pública sus procesos cainitas. El hecho de que se diga que los crímenes sociales no tienen autores no me parece sino la más refinada cobardía, típica de los académicos-a-una-silla-pegados que tanto abunda. El poder de esta España es reticular, y su símbolo, la tela de la araña. Se organiza a modo de una tupida trama de relaciones, pero con nombres y apellidos. Esos nombres y esas tramas eran objeto de investigación por parte de los medios de comunicación –cuando eran medios de comunicación–, y por ello han estado en el corazón de las sociedades abiertas.

Y hoy España sigue enferma de poderes, de señoritos –saca-buche, lo llaman en mi tierra; cacique fue apodada tan señorial barriga en la España de ultramar–. La entera geografía española sigue plagada de las telas de esas arañas, en una maraña que define la entera faz de esta tierra. Encuentre un partido político, un departamento universitario, una comunidad de vecinos o una vulgar cofradía, y allí verá la entraña de la España real: el señorito y su grey de fieles vasallos. Sea el nacionalismo extremista o el provincianismo de boina y botijo; sea el alcalde y su camarilla o el cura y sus sermones; sea el tertuliano suplantador de realidad y su servilismo ideológico; sean catedráticos y sus cortijos universitarios. Los procesos sociales en España giran sobre el mismo centro: señores que reclaman sumisión, y los no menos culpables fieles vasallos.

Esa es la entraña de nuestro presente: el mezquino caciquismo y su vergonzoso proceso de borreguización de la masa circundante. Desde la noble y señorial piedra de abolengo, hasta el más humilde chinarro de camino; ausculte, y allí está la España real: la araña cainita que teje su red de mezquinos y serviles vasallos. En virtud de los hilos que han ido tejiendo las arañas caciquiles, y que han consentido servilmente las marionetas adláteres, se ha formado sobre la sociedad española una tupida y densa tela de araña, de modo que aquí todo depende de un amiguete que conoce a otro amiguete, de favores que esperan favores. He ahí el sanctasanctórum de la España real. Eso sí, todos esos lazos serviles están revestidos, recubiertos y barnizados de la mejor apariencia: eso que se llama «estado de derecho». En realidad, un estado de derecho al favor, al yo te aúpo a ti para que luego me aúpes a mi, enchufa hoy a mi amigo y mañana enchufo a tu hijo.

Dicho en Román Paladino, la estructura interna de esta sociedad está compuesta por un amasijo de individuales «yo no quiero saber nada», «yo no quiero complicarme la vida»,… Cada una de esas individuales cobardías es una pequeña renuncia a ser uno mismo. Cada cobardía es un pequeño filamento de esta maraña social, una fina cuerda, una sutil cadena, un párvulo favor, una puerta que se cierra, una frívola traición, una trivial ilegalidad,… pero un filamento que encaja en la estructura de la tela de araña (el mal estructurado). Cada uno de esos actos mezquinos forma la estructura interna (la tela de la araña) de esta sociedad española. Una sociedad que vive del mirar para otro lado. La mezquindad y la cobardía como crisol del becerro que nosotros mismos hemos forjado con cada uno de nuestros actos.

A pesar de todo, en esta circunstancia, el liberal (el auténtico liberal) se atreve a denunciar esos reales poderes fácticos y a poner en la palestra su proceso de masificación borreguil; es decir, el liberal se atreve a ser persona. El liberal (los liberales que queden) se atreven a mirar fijamente a los señoritos que insolentemente reclaman subordinación. El hombre liberal se mantiene firme, enhiesto, insobornable. De ahí que el hombre liberal (el auténtico hombre liberal) haya sido la especie más perseguida en nuestra reciente historia, y lo es en la actualidad (¡recuérdenlo los de la memoria histórica!). De ahí que la esperanza en la democracia dependa de que sean muchos los que se atrevan a ser persona. Atreverse a ser persona. Ese es el reto de nuestro presente.

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