Impresiones

El fútbol y los intelectuales

"Durante años se tuvo por norma que ser de izquierdas imposibilitaba ser aficionado al fútbol. En España, en los años de la transición, la izquierda comulgó con la doble militancia desde el momento en que Santiago Carrillo se manifestó seguidor del Sporting de Gijón y hasta le hizo un favor gestionando en Yugoslavia que dejaran salir a un jugador"

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JULIÁN GARCÍA CANDAU Los campeonatos del mundo de fútbol descubren las pasiones, a veces escondidas, de los intelectuales. Durante años se calificó el fútbol como opio del pueblo, justificadamente en muchos casos por el uso político de determinados Gobiernos y dictaduras, y ello hizo que algunos grandes escritores ocultaran sus querencias. Hoy ya no hay quien disimule. Más de uno confiesa su forofismo como la cosa más natural. Incluso quienes no sienten especiales emociones cuando llegan estos torneos les prestan atención y sus comentarios firmados aparecen en los mejores diarios del mundo.

Durante años se tuvo por norma que ser de izquierdas imposibilitaba ser aficionado al fútbol. En España, en los años de la transición, la izquierda comulgó con la doble militancia desde el momento en que Santiago Carrillo, quien entonces aún lideraba el PCE, se manifestó seguidor del Sporting de Gijón y hasta le hizo un favor gestionando en Yugoslavia que dejaran salir a un jugador.

Los escritores españoles tardaron más que los suramericanos, pongamos por caso, en dedicar alguna mirada al deporte. Rafael Alberti abrió el camino con su Oda a Platko («oso rubio de Hungría») e hizo lo mismo Miguel Hernández con su canto a Lolo Sampedro, guardameta del Orihuela. Gabriel Celaya escribió la contra oda a Platko fundada en que a la Real Sociedad le birló el árbitro la final de Copa.

Después de la Guerra Civil se cortó la corriente en la que también había habido estrofas para Ricardo Zamora o Jacinto Quincoces. En Francia no habían tenido empacho en escribir Henry de Montherlant, guardameta, y Jean Girardoux. Y sobre todo, Albert Camus, portero en Argel. Jean Cocteau, en cambio, se enamoró de Alf Brown, La Araña Negra, boxeador a quien arrebató el titulo mundial de los gallos el valenciano Baltasar Belenguer Sangchilli.

Yo he leído páginas de entusiasmo en Ernesto Sábato, quien jugó en la Universidad de La Plata y  se lió a tropazos cuando fue necesario. Su gran ídolo fue Nolo Ferreira, jugador de Estudiantes. Desde Carlos Arlt a Mario Benedetti, también guardameta («porque era petiso y a ello me dedicaban mis compañeros», me dijo un día), se puede hacer una historia de la literatura en la que incluir a Fontanarrosa, Osvaldo Soriano, seguidor del San Lorenzo, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar, aunque éste tenía más mirada hacia el boxeo de Mantequilla Nápoles.

El único escritor argentino que despreció el fútbol fue Jorge Luis Borges, del que solamente he encontrado un par de frases. En pleno Mundial del 78, la tarde en que Argentina tenía que ganar a Perú por goleada para seguir adelante, anunció que daba una conferencia.
Vladimir Nabokov, de la ilustre lista de porteros, Ernest Hemingway, Allan Silitoe, Desmond Morris, André Maurois, Jean Prevost, entre otros, tuvieron mirada por el fútbol.

En España, durante los mundiales o en cualquier otra ocasión, han escrito nobles páginas futbolísticas Miguel Delibes, Camilo José Cela, Juan Benet, Juan García Hortelano, José María Guelbenzu, Manuel Vázquez Montalbán, Rosa Regás, Jesús Fernández Santos, Javier Marías, Luís Antonio de Villena y el poeta Francisco Brines, valencianista hasta la médula.

No todos han sido siempre partidarios y como muestra, la reflexión de Enrique Badosa: «Intelectual del fútbol, exegeta/ de la profundidad de la quiniela, doctrino y sacerdote de tu culto:/por fin, los domingos y los miércoles/ han vuelto a ser dos fiestas de guardar».

Numerosos poetas han dedicado grandes composiciones a futbolistas importantes. Como el Polirritmo a Gradín del peruano Parra del Riego, o el canto a Jairzinho de Vicente Gaos. Gerardo Diego, José María Pemán, Antonio Hernández, Leopoldo de Luis, Manuel Alcántara, Luis García Montero, José Joaquín Sanchis Zabalza, y la larga nómina de poetas argentinos y uruguayos, han engrandecido los valores del deporte. Camus solía afirmar que todo lo que sabía de ética lo aprendió en el fútbol.

En España ha habido casos tan contradictorios como el del famoso doctor Gregorio Marañón, quien escribió contra esta práctica a pesar de que fue medio centro del Victoria, equipo pionero en Madrid. Tal vez guardó resentimiento contra este deporte porque padeció la fractura de una pierna.

Hoy ha desaparecido el estigma que discriminaba a quienes dedicaban una mirada de admiración hacia el fútbol. El Mundial ha vuelto a reivindicar el derecho a ser futbolero.

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