MANUEL MARTÍNEZ ARNALDOS
La excelente novela El relámpago inmóvil, de Pedro García Montalvo, constituye, en esta época veraniega en la que proliferan las novelas para el mero entretenimiento, en buena parte auténticos bodrios carentes de interés artístico alguno, un buen ejemplo para que los lectores puedan contrastar calidades literarias. Un modelo que, sin duda, les será útil para diferenciar y detectar el nivel estético de las unas frente a las otras.
De las escritas sin apenas preocupación formal, a vuela pluma, por imperativos de modas literarias del momento, frente a otras, en el caso de García Montalvo, en las que prima el rigor y la delectación en cuidar los más mínimos detalles de la construcción narrativa. Hecha sin prisa, mediante una ardua e infatigable tarea propia del buen artesano de la palabra, siempre predispuesto a que su obra pueda ser analizada por la más exigente lupa crítica. De ahí la unanimidad de los juicios críticos en la muy positiva valoración de la obra de García Montalvo. Destacando, entre otros, los que hacen referencia a su esmerada prosa, fino estilo y sensibilidad narrativa, así como su entronque con la mejor tradición novelística española y europea.
Pero junto a esas opiniones, en el ejercicio comparativo que propongo, deseo incidir en un aspecto que, si bien presente en toda su obra, tiene especial relevancia en el caso de El relámpago inmóvil y nos puede ayudar a distinguir el buen manejo literario del insulso y anodino. Y tal es el efecto y función de la descripción. Mientras que en las novelas concebidas únicamente para la diversión y el pasatiempo, las descripciones que en ellas aparecen quedan relegadas a una función secundaria, a escenarios de cartón piedra, algo artificial, como esos falsos decorados de las malas películas cinematográficas, en El relámpago inmóvil, las descripciones que aparecen alcanzan la máxima cota del arte literario. Es más, me atrevería a afirmar que la descripción es la verdadera protagonista de la novela. Tiene vida propia, tanto como la de los personajes. De ahí que las descripciones que nos ofrece García Montalvo se alejen con gran tino de la concepción romántica según la cual el paisaje se asocia al estado anímico de los personajes. De lo que de manera sutil nos da cuenta el propio autor a través del personaje Cecilio Tovar, cuando nos advierte de que éste no era consciente de que una parte de su estado de ánimo estuviera influido por el paisaje que contempla (p. 16). Por ello, las descripciones en la novela son un arquetipo antropológico que modula odios, desencuentros, insidias y mundos sociales contrapuestos. Así, los personajes de la novela, Cecilio Tovar, Mateo Salazar, Inma y Adrián, Mízar o el niño hispanomarroquí Aziz, junto a otros de menor entidad, suponen una construcción de varios sistemas descriptivos yuxtapuestos, una red de relaciones que explican e implican, más allá de la condición psicológica de cada uno de ellos, el devenir de la trama y la coherencia narrativa. Como se puede comprobar en el proceso descriptivo que, como germen temático, abre y cierra el relato, a modo de un alegato al dicho de que tras la tempestad, de resentimientos y desilusiones, viene la calma: «…en el centro del firmamento nublado, con leves turbulencias […] viajaba con rapidez una línea de grandes y enlazadas nubes plomizas, más oscuras que el resto, como un largo y rápido tren, furioso, sin control, extraviado en la alta inmensidad grisácea- que se perdía luego, al fondo, como a través de un tenebroso túnel del cielo» (pág. 16). «Sobre ellos el cielo estaba medio despejado, con unas pocas nubes errantes….» (pág 356).
La descripción, pues, se convierte en un personaje intermedio que coordina y cohesiona las alternancias de unos personajes a otros. Y que, en gran medida, como demuestra García Montalvo, determina una pauta para que los lectores sepan discernir la buena de la mala literatura.