HERMINIO PICAZO
Disculpen el grosero titular de esta columna, aunque quizás por ello mismo estén ustedes leyéndola. El caso es que, efectivamente, voy a hablar de un par de huevos, o sea de dos huevos. Uno de ellos –lo llamaremos el huevo A– lleva como primer número del código rojo impreso en su cáscara el número 3. El otro huevo, al que por seguir el método denominaremos huevo B, muestra un 1 como primer número de la serie de cifras impresas en la cáscara.
¿Qué nos cuenta esto? Pues resulta que esta codificación nos dice que el huevo A proviene de una gallina criada en una jaula extremadamente hacinada, en la que el bicho no podrá moverse, le habrán cortado el pico para reducir el impacto de las agresiones y vivirá en un estresante y corto día biológico en el que el granjero apaga y enciende la luz para que la gallina haga más puestas. Algo así como un Auschwitz para pollos.
Entretanto, el huevo B, el que muestra un 1 como primera cifra, provendrá de una gallina campera, criada en granjas no hacinadas y que tiene posibilidades de salir y campear en el exterior.
El caso es que los huevos B son prácticamente imposibles de encontrar en las tiendas, en tanto que los huevos A –los del 3 como primera cifra- inundan los supermercados. El resultado, abstráiganse un momento conmigo, es que este mundo alberga un inmenso campo de concentración aviar que convive silenciosamente con tanta felicidad y tanto niño jugando en los parques. Y a todo esto sin un juez Garzón que lo denuncie. Les cuento esto no por buenrollismo. Ni tan siquiera por misericordia por tan simpáticos y útiles bichos, que también. Se lo cuento porque los que somos carnívoros conscientes, los que creemos que nuestra nutrición debe incluir bichos en la dieta, también debemos saber que un mínimo bienestar animal es condición imprescindible para que la cosa funcione, nutricionalmente, sanitariamente y hasta éticamente.
Llevamos siglos manejando a nuestro antojo a todos los animales comerciales y domésticos, los arracimamos, les damos de comer vaya usted a saber qué compuestos, los trabajamos en masa, los vacunamos infinitamente, les cambiamos todas sus pautas…, en resumen: los hacemos débiles. No es extraño que antes o después surjan crisis como las de la gripe aviar o la de las vacas locas. Si bien es cierto que nunca en la historia hemos tenido mejores sistemas de control sanitario, también lo es que nunca hemos estado tan expuestos, por simple industrialización animal, a los mayores peligros.
En el caso reciente de las «vacas locas» pudimos ver cómo la enfermedad se había generado por el hecho de que se está alimentado con pienso animal a estos simpáticos bichos de tristes ojos que de toda la vida –si nuestros libros escolares no nos mienten– habían sido herbívoros.
En definitiva, comprar huevos B con un 1 de primera cifra –o incluso con un 0, que serán ecológicos, o un 2, donde al menos la gallina estará criada en el suelo- es no sólo un compromiso individual con la gallina que de pollito tanto habrá admirado a nuestros hijos, sino también con el futuro común hacia una nutrición humana sensata y responsable.