JAVIER CUERVO
Lo único bueno de que España se siga representando en los toros es que, este artículo, sin esfuerzo ni mérito, entra en una tradición periodística que roza con su cálamo la literatura y a la vez, sin pensamiento, remeda el ensayismo de cabeceras veteranas dando una nueva vuelta al ruedo, al llenarse sus líneas de España cuando significa España en toda su españolidad, españoleo y españazo, como cuando rimaba en odas con espadaña y guadaña.
Por pasión barroca y hemorrágica, España sigue sangrando por las mismas heridas, la de la España singular y sus pluralidades, con sus magistrados en la Maestranza, viendo los toros desde la barrera y apurando el habano ante seis miuras. Sangra por la vieja herida, por la cicatriz de la desazón y el escozor de los bisabuelos enterrados en las cunetas, con los jueces enfrentados por la exhumación de la memoria, los guardianes de la victoria y los vindicadores de la reposición atendidos por los propagandistas del antiséptico yodado de la transición, mientras suena una tonada de Quintero, León y Quiroga que canta que la dignidad muere al caer entre el polvo pero la iniquidad aguanta los ácaros de los tapices. Para que sea perfecto, España también ha sangrado, esta vez de verdad, en Aguascalientes, por la femoral y la safena de José Tomás, señora.
Así de España se manifiesta España, campanas por la tarde, curas con monaguillo, nidos con cigüeñas, huevos con chorizo, un Estatuto llevado en andas por monosabios, vuelva usted dentro de dos años y medio, muertos sin reponer hasta en el Tribunal Supremo.
Mal momento: nunca se resuelve a tiempo, nadie se reúne en una sala de arte contemporáneo, no nos tiene en vilo ningún ingeniero informático, no hay manera de que las tardes sean silenciosas sin su cadencia de ´din´ y de ´don´ y las cosas ya no se arreglan en una cacería ni alrededor de unas gachas.