La memoria sobre Picasso no descansa. En los últimos días hay nuevas informaciones sobre sus opiniones y acontecimientos personales; nunca ningún artista español causó tanto interés en investigadores culturales con más o menos crédito; aún a pesar de que fue hombre callado y no muy amigo de periodistas y medios de comunicación, si acaso de fotógrafos. Algunas de las afirmaciones tomadas como ciertas se deben más a su entorno que a sí mismo. El título del Guernica, por ejemplo, ni siquiera fue cosa suya, aunque con su silencio otorgara.
Ahora se ha publicado sobre el intento frustrado de las autoridades del franquismo por haberlo regresado en su obra con una exposición al máximo nivel; ahora se ha dicho que podía haber vuelto del exilio -un tanto voluntario- acomodado en el coche de su amigo Luis Miguel Dominguín cuando el torero ya tenía la autorización para pasar libremente, sin inspecciones a otros ocupantes, por la frontera francesa.
Todo en Picasso importa aún; lo cierto y lo falso; la media y la verdad entera. Se ha añadido, para estupor de algunos, que el maestro malagueño comió, en 1934, con José Antonio Primo de Rivera, en San Sebastián; lo que a nadie debería extrañar ya que su fobia al franquismo -que fue otra cosa bien distinta- vino algunos años más tarde con su momento más alto en la publicación de su obra Sueño y mentira de Franco, una colección de aguafuertes que representa al dictador con toda crueldad, acritud y esperpento. A los aguafuertes les hizo acompañar un texto de su puño y letra que es un alegato surrealista al desprecio que sentía su corazón lírico y sus entrañas por el personaje que gobernó España durante más de cuarenta años y que lo levantara en armas en el 36.
Picasso tuvo relación con muchos españoles durante su exilio y el régimen de Franco; durante décadas se hicieron algunas exposiciones de pintura privadas; como excelente mercadería en la Sala Gaspar de Barcelona, Los Gaspares, como él llamaba a los hermanos galeristas catalanes, se ocuparon de la distribución de su obra en España, obviando lo oficial. Estuvo atento, incluso, a las necesidades españolas en lo social. Con ocasión de unas inundaciones en Cataluña regaló obra para los damnificados; atendió toreros; regaló a Bardem por su éxito cinematográfico en Cannes. Picasso nunca renunció a su condición de español a pesar de que ello le impedía su deseado divorcio; Picasso era un español en espera a sobrevivir al dictador, cuestión que no se cumplió por un par de años. En Picasso lo real y lo inventado es grande y formidable, sigue siendo.
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