La idea para el 'articulete del repórter Tribulete' de esta semaname la facilitó el magnífico columnista Quim Monzó. De justicia es dar al César lo que es del César. Dio a conocer que en el Registro Civil sueco habían denegado el nombre de Michael que unos padres querían poner a una niña (con 'a' de hembra), alegando, con mucha lógica y razón, que a una mujer no se le debe poner nombre de hombre cuando existe su versión femenina, en este caso Michelle. Pero los acémilas de los padres aducían que era un homenaje a Jackson, y que unos amigos americanos de unos amigos suyos personales afirmaban y aseguraban que en EE UU sí que se puede. Tampoco es que me extrañe mucho. En ese mismo país, una mamá quiso cambiar el nombre a su hija de ocho años de Britney por Hanna con el único razonamiento que la Spice ya está más pasada que el estropajo, y la otra está de moda entre los gilipollas unidos de América.
Pero gilipollas los hay en todas partes, y en unas -donde igual los producimos que los importamos, por ejemplo- más que en otras. En el Juzgado de Paz a mi cargo poseo un excelente muestreo de lo que digo. Desde el conocido caso del Kevin Kostner de Jesús, del que doy fe que es cierto, pasando por los Vanessa Esmeralda que dan diabetes con solo pronunciarlos, a los cientos de disparates que nuestros ecuatorianos intentan colar con las faltas ortográficas más aberrantes, y por otro lado los nacionales que no le van a la zaga en cuanto a falsa sofisticación, moda, snobismo o auténtica y genuina idiotez de pata negra. Ya se sabe que un nombre propio termina por crear derecho, por absurdo que parezca. Es posible, tal y como comenta el mismo Quim en su artículo de referencia, que las personas más vulgares y estúpidas de nuestra sociedad crean que poseen espíritu revolucionario por encasquetar a sus hijos nombres extravagantemente catetos y cutres. Puede que sea la única revolución que son capaces de hacer en su vida: la de joder a sus hijos nada más nacer. Y es que el cretinismo de su miserable decisión les hace pensar de sí mismos su valer y su valor. No lo sé, la verdad.
Sin embargo, creo que es algo más que eso. Recuerdo un caso que me llegó hace algunos años. Un asno vestido se empeñó en ponerle a su hijo Onán. Reservadamente, con cautela y consideración, y con toda la maña y cuidado de que fui capaz, le hice saber que el Registro no admitía nombres ofensivos para su portador, y que precisamente ese patronímico daba nombre al pecado, o vicio, o desviación, o simple y vulgar cachondeo, del onanismo. Siguió en sus trece, aduciendo que era nombre bíblico, y como tal no me podía negar. Le ilustré con mayor detalle que sí, que era el personaje bíblico que la propia Biblia denostó como pajillero mayor de la historia sagrada, y que por eso mismo... Pero nada, se mantuvo empecinado en que le sonaba bien a su mujer y a él, que era raro y original y les gustaba, y punto pelota. Y que decidido estaba y allá esas pajas... Quede claro que no lo autoricé en modo alguno. Hoy esa criatura se estaría ciscando en la memoria del Juez de Paz que lo hubiera consentido.
Por eso pienso que este asunto que el articulista Monzó sacó a colación es mucho más que una vulgar boutade. Si la sociedad, en su escrupulosa debilidad, empieza a respetar dudosos derechos de imbéciles tarados que no respetan los de sus propios hijos indefensos, empezando por el nombrecico que les imponen, es una señal, manifiestamente inequívoca, del principio del fin de una cultura, de una educación, de una civilización en definitiva, que justifica y defiende su propio caos sin justificarse ni defenderse a sí misma.
Lo que yo te diga, Güilson Güilian, lo que yo te diga...