LA ESCALERA
JOSA FRUCTUOSO 

Tenemos un problema

 07:34  
Tenemos un problema
Tenemos un problema 

La política de la transición se ha acomodado en este país y pretende convertir en perpetuas unas condiciones que fueron transitorias

Tenemos un problema, pero ni esto es Huston ni el problema se llama Garzón. Garzón es uno de esos tipos de los que el folclore nacional no anda escaso, alguien que va de justiciero universal, que dispara contra tirios y troyanos, un iluminado, un donquijote más. Pero Garzón no es el problema, sólo ha puesto el dedo en el problema. Es lo que les pasa a los donquijotes, que apuntan contra molinos y a veces resulta que son gigantes. Eso es, el problema son los gigantes. En concreto, los gigantes herederos directos o indirectos del franquismo a los que, en su actuar incontrolado, ha apuntado Garzón.
Los actos de apoyo al juez encausado por poner el dedo donde según los gigantes no se debe poner, no sólo son legítimos sino que son un síntoma de democracia, porque la crítica a los poderes del Estado es garantía de democracia. En democracia es tan legítima y tan necesaria la crítica al poder ejecutivo como al poder judicial. Por ello, quienes han calificado de antidemocrático el famoso acto de apoyo a Garzón en la Complutense hacen un uso demagógico del concepto 'democracia'. Seguramente lo hacen a sabiendas, es decir, con intención de engañar y de manipular, pues no debemos pensar que, a estas alturas, políticos de profesión ignoren qué es la democracia, al menos en el plano teórico. Sin embargo, creo que quienes se manifiestan a favor de Garzón caen y nos hacen caer en alguna confusión. Porque, insisto, el problema no es Garzón. El problema es la 'transición'.
La transición, mejor dicho, la Transición, ha sido revestida del rango de concepto superior, lo que la transforma en valor intocable. Pero esta transformación de la 'transición' en 'Transición' es una contradicción, porque, por definición, transición significa "pasar de un modo de ser o estar a otro distinto". Queda claro que el modo del que se pasó era la dictadura franquista y el modo al que se suponía que se pasaba era la democracia. Una transición, por definición es, luego debió ser, algo pasajero, un tránsito desde una situación a otra, no una situación permanente en la que instalarse. Es obvio, un puente no es ni una orilla ni la otra, sino una construcción que une, que permite el paso.
El paso hacia la democracia se realizó en unas condiciones bien conocidas; fueron los colaboradores del régimen franquista quienes vieron la necesidad de abrir la mano, por lo que fueron ellos quienes impusieron las condiciones. A los demás, a los que habían sido represaliados, expulsados y perseguidos, les correspondió la responsabilidad de aceptar o no esas condiciones que se les imponían. Con buen criterio, aceptaron. Aunque ¿qué otra cosa pudieron hacer, teniendo en cuenta que era eso o nada? Las condiciones imponían el olvido absoluto sobre los crímenes cometidos durante los casi cuarenta años de dictadura, crímenes que hacían del franquismo un régimen genocida. Y los políticos de la izquierda aceptaron esa forma de transición. La parte del pueblo que estuvo amordazada durante tantos años, dando muestras de enorme sensatez, también aceptó de buena gana salir como fuera, en la paz posible, de la oscuridad, del silencio y del miedo, para empezar a vivir en libertad. Pero, aunque el pueblo aceptó en aquel momento las condiciones del olvido, el dolor acumulado en el tiempo no olvida.
La política de la transición se ha acomodado en este país y pretende convertir en perpetuas unas condiciones que fueron transitorias. Seguramente no lo fueron para los franquistas, que cada vez que ven que alguien mira a su pasado se envuelven en esa bandera tan bonita que es la democracia de la que se proclaman único baluarte, expulsando, una vez más, a quienes no piensan como ellos. Sin embargo, aunque no quieran, ha llegado el momento de mirar atrás, de condenar unos crímenes que no tienen fecha legal de caducidad, porque son crímenes contra la humanidad. Si no lo hacemos nosotros, lo harán otros por nosotros.
Seguramente conviene recordar una vez más que cuando se habla de crímenes contra la humanidad en relación a nuestro pasado reciente, se está hablando no de los crímenes que pudieron cometerse por uno u otro bando durante la Guerra Civil ni durante el periodo violento de preguerra. Hablamos de los crímenes cometidos durante la dictadura. Es absolutamente necesario para poder realmente pasar a la otra orilla, a la de la democracia, que la derecha sea capaz de desprenderse del franquismo y sea también capaz de permitir que los crímenes de la dictadura sean revisados con las garantías legales del Estado de Derecho. De lo contrario, como decía alguien hace unos días, España no deberá ser calificada de Estado de Derecho sino de Estado de Derechas.

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