Aquí está la diferencia y el problema: Rajoy capea como puede el 'caso Gürtel', o en ocasiones balbucea, y Cascos descarga al respecto palabras como mazazos. El ex ministro ha hablado de 'camarillas policiales' y demás entrañas profundas del Estado, algo que no desconoce porque hay que evocar cómo recién llegado a la vicepresidencia del Gobierno, en 1996, quiso que se asignase a su departamento la tutela de la 'inteligencia' del Estado, algo que quedó en manos de aquel primer ministro de Defensa nombrado por Aznar, Eduardo Serra, que nadie supo de dónde había salido, aunque se conjeturó que la Corona y González habían tejido una red de seguridad en torno a la seguridad del Estado.
Total, que han existido y existen hechos desconocidos que desconocemos, lo cual se traduce hoy en que el ministro Rubalcaba, el más listo del Gobierno Zapatero, sigue siendo ese político al que uno jamás le daría la espalda.
Bien es cierto que con la 'trama Gürtel' hubo un terreno más que abonado para meter escuchas y lo que hiciera falta, gracias a esa generación de políticos engominados del PP, madrileñitos o valencianitos, señoritingos seducibles por un 'convoluto' cualquiera. Pero a lo que vamos es a que Álvarez-Cascos, en cuanto comparece públicamente, sostiene un discurso político que empequeñece al de los superiores orgánicos del PP, partido que quiso suavizarse y centrarse, aun a costa de mantener el sentimiento de complejo de la derecha española. Éste es el problema: un Cascos retornado a la política ocuparía un espacio discursivo extenso, y la cuestión es si Rajoy puede asumirlo, aun siendo conocedor de la lealtad que el ex ministro demostró con Aznar. Enviarle a la transmontana Asturias es un modo de tenerle cerca y lejos a la vez.