Desde siempre se ha perseguido la fama, la gloria, los honores, las galas de general o la condecoración por haber participado en la guerra, haber estudiado con ahínco o, en momentos afortunados, por haber puesto en peligro la vida por salvar a otra persona. O la recompensa por saber marcar un gol de manera acrobática, tal como hacía en sus tiempos la Saeta Rubia y en la actualidad Messi. O por instruir a unos galopines que más tarde pasaban por el estrado para recibir el premio Nacional o el Nobel de lo que fuera. O por haber creado una fundación en defensa de los pobres y marginados o por defender la verdad frente a un tribunal de embusteros. O por muchas y diversas razones en donde existía un componente noble, un factor artístico o un ingrediente que rebasaba la mediana de los hombres.
Pasa el tiempo y mudan las costumbres y como veo que no me llega la ansiada fama por los caminos de la crítica literaria -que da para más sustos y malos tragos que honras- he decidido integrarme durante un largo tiempo en ese largo pelotón de gargantas profundas que, de manera desbocada y vociferante, mantienen en vilo durante horas y horas a buena parte de la sociedad española sin que la otra descuide estar al tanto de los acontecimientos. He pensado que, para entrar en el círculo mágico de los gritadores, nada mejor que dar noticia de los dos o tres amantes -sacaré los nombres de algunas lápidas de muertos que reposan en algún cementerio andaluz y madrileño- que tuvo la más famosa artista de la copla española que ha tenido la nación desde la Primera República. No sé -tendré que pensarlo- si me cebaré con las turbias amistades que tuvo la cupletista o si, por hacerme el actual, escogeré como diana a la más famosa actriz de cine, ya veremos.
Como quiero salir de mi injustificado olvido, no tendré otro remedio que cargarme de datos y razones que justifiquen mi elección, aunque, bien mirado, no hay que hacer exagerados esfuerzos para convencer a los seis o siete demandantes -sean Patiños o Belenes, Vázquez o Cantizanos- en aquellas sesiones vespertinas que nos sacan de la convencional siesta española o a los más dramáticos espacios de la noche. El único problema que puedo tener es tener las agallas para convencer a la audiencia de que existieron tales enredos en su justo momento -la mentira es un toro que se lidia con la memoria- y la calma para soportar las embestidas de aquellos que no podrán soportar pasar la envidia de estar fuera de aquellas realidades, hacerse a la idea de que han sido analfabetos completos cuando se creían autoridades en los temas del corazón.
La verdad es que si me introduzco en su rico reino, tengo pensado, aparte de ir pasando de uno a otro plató, y de ir cobrando suculentos contratos, aportar noticias que modifiquen de manera sustancial el repertorio de los personajes (Miró, los Alba, Guti, Lamana, Amaya, las Flores, etc) así como el estado de la cuestión.
Y si no consigo de esa manera la celebridad perseguida, me encerraré de un momento a otro en un Gran Hermano, con esa porrada de mozos y muchachas que polucionan siempre bajo las sábanas antes que ante un diccionario de la gramática española. Allí, con Mercedes Milá al frente, contestaré a los requerimientos intelectuales de aquella tropa que acampa en reducido recinto y en escueto vocabulario. Y competiré con su lengua y con sus palabras, con sus claves y con sus metáforas, y trataré de ganar el famoso concurso -visto por millones de españolitos- aludiendo a burradas que he ido haciendo en mi pasado pero sobre todo trataré de evitar las nominaciones que me pongan de patitas en la calle a las primeras de cambio.
Me buscaré un pasado distinto al de colaborador en La OpiniÓn, a profesor del Alfonso X El Sabio, para hacerme pasar por un viejo casto que pretende incorporarse a la vida moderna, a la jerga actual, a las actuales formas de vivir y gozar. Y suplicando ejercicios para que me enseñen las muchas cosas de la vida que desconozco. Y si me falla Gran Hermano, echaré los papeles para incorporarme a Supervivientes, la única forma de quitarme de encima los muchos kilos de grasa y colecterol que me embolsan.
La manera para dispararse al estrellato en la actualidad pasa por vías muy distintas a las coordenadas que fueron mías y por eso es preciso reciclarse, aceptar que estamos ante nuevas formas de ser y de estar en la sociedad, ante nuevos problemas, que no siempre iban a ser los de la patria (eterna confrontación de rojos y azules) o la religión (si existe o no hay noticia de su existencia), la ciencia o la verdad. Y que si es necesario, y no logro lo que pretendía, pues me paso por el Diario de la tal Patricia, cuento varios disparates, y consigo por lo menos los cuatro o cinco minutos de la gloria que me pertenecen por el solo hecho de haber nacido.
Afuera el anonimato y la soledad. Desde ahora hay que luchar por ponerse al día, por prestar atención a los nuevos valores, a los grandes valores que asoman y preocupan al español de la época de Zapatero. Una nueva hora de España.