La semana pasada puede ser calificada, sin duda, de horrible. Lo malo, lo peor es que llueve sobre mojado, porque esta semana horrible hay que inscribirla en un año que sigue siendo tan horrible como el anterior. La crisis está poniendo en jaque al sistema y a sus gestores, los políticos que, en general, andan dando bandazos para no ser devorados por el monstruo. Lo que ocurre es que de los bandazos lejanos nos llega, si acaso, el eco, mientras que de los que tenemos cerca, de los nuestros, nos llegan las sacudidas directas. Las sacudidas, es lógico, nos hacen perder la perspectiva, y sin perspectiva caemos en la desesperación, es decir, en la pérdida de la esperanza, que es lo último que podemos permitirnos perder, aunque lo cierto es que cuando se está con el agua más arriba del cuello se deja de ver la orilla y nos entra el miedo. Puestos en estas, lo primero que tendrían que hacer nuestros políticos, todos, los que gobiernan y los que están en la oposición, así como los que se dedican a ejercer de sabios desde tribunas europeas, es, además de solucionar los problemas, tranquilizarnos, no dramatizar y no darnos sustos innecesarios. Sin embargo, esta semana casi nos matan a sustos como el del retraso de la edad de jubilación o el del ínclito Almunia, del que mejor es olvidarse.
El anuncio del alargamiento de la edad de jubilación ha sido, en este momento y de la manera en la que se ha hecho, una de las cosas más tontas que se pueden hacer desde un Gobierno. Este es un Gobierno de izquierdas, como ha quedado demostrado, en la primera legislatura sobre todo, en lo referente a libertades individuales y a medidas de corte social. Por eso mismo, porque es un Gobierno de izquierdas que tiene como marca el mantenimiento y mejora de los derechos sociales, resulta difícil de tragar un anuncio como el de la prolongación de la vida laboral. Según se explican, se diría que el Gobierno en pleno ha sufrido un ataque de responsabilidad. Cuando a uno o a una le da un ataque, lo correcto es irse a urgencias, tomarse el medicamento prescrito y esperar a que se le pase. Si el Gobierno hubiera hecho esto, es decir lo correcto, nos hubiera ahorrado al conjunto currante de la ciudadanía un susto fenomenal.
Si el Gobierno hubiera contenido su extemporáneo ataque de responsabilidad, además de evitarnos el susto, se habría ahorrado el hacerle el trabajo sucio a la derecha, que, una vez más, celebra a su manera, babeando como el perro de Pavlov, el anhelado triunfo en las urnas que cada día ve más próximo. Y es lógico que la derecha se vea ya en el Gobierno, porque sumada a las cifras del paro, esta propuesta se sitúa en las antípodas de la línea que el Gobierno dice defender. Yo, desde mi completa ignorancia en economía, pero en el ejercicio pleno de mi capacidad de raciocinio, no veo claro que la única solución para que los trabajadores podamos seguir cobrando pensiones en el futuro sea que volvamos a los orígenes de la industrialización, es decir, que sigamos trabajando hasta caernos muertos. Está claro que el ocio es un derecho adquirido por y para los trabajadores y que la propuesta de alargamiento del periodo laboral es, desde y para un Gobierno de izquierdas, el reconocimiento de un fracaso. Antes que este recorte en los derechos laborales adquiridos, sería tal vez más responsable y, desde luego, más coherente, controlar el paro real y la economía sumergida, por un lado, y por otro, aplicar medidas que generen nuevos y más puestos de trabajo.
Los ataques de unos parecen tener un efecto de contagio en otros, pues el ataque de responsabilidad del Gobierno ha tenido inmediata respuesta en otros ataques alucinatorios por parte de la oposición. Cospedal, en pleno ataque, no ha podido sumar dos y dos y se ha lanzado a anunciar mociones de censura hasta que ha llegado Rajoy, el hombre sensato, y ha aplicado su medicina gallega, ni si ni no sino todo lo contrario. Pero ni Rajoy, el hombre sensato, ha podido impedir que sus fieles se lancen en pleno ataque a pedir la dimisión de Zapatero. Aquella repetida cantinela que la derecha hizo famosa, cuando Felipe González, de que los presidentes de los Gobiernos legítimamente elegidos por el pueblo soberano deben irse cuando a la derecha le parece bien, vuelve a sonar. Sí, será verdad que otros están preparados para gobernar, es posible incluso que lo puedan hacer mejor que Zapatero, pero la derecha debería enterarse de que es el pueblo soberano el que decide quien debe gobernar y, de momento y hasta que acabe la legislatura, esa decisión le corresponde seguir asumiéndola a Zapatero.
Post Scriptum: No tiene nada que ver con lo anterior, pero, puesto que va de ataques, no lo puedo callar. Ese ataque, no sé si de puritanismo rancio o de mera estulticia, que ha sufrido la Izquierda Unida murciana ante el desnudo de la reina Mariana de Austria me hace sentir bochorno. Yo, desde luego, me mantengo desunida.