Con los tulipanes

 07:27  
Barrio Rojo de Amsterdam
Barrio Rojo de Amsterdam 

RAMÓN JIMÉNEZ MADRID

Las golondrinas llegan por primavera mientras que yo, siempre que puedo, emigro en las fiestas navideñas sin alfajor en la faltriquera ni mantecado en el bolsillo. Así que en la pasada festividad tocó, por votación democrática en donde siempre ganan los hijos, Ámsterdam, una ciudad que yo había pisado en dos ocasiones anteriores, una, la primera, para ver los cuadros de sus famosos museos -se montan verdaderas e impresionantes colas antes de acceder aun a riesgo de estar bajo cero a la intemperie-, otra para dar breve paseo por el círculo dantesco del Barrio Rojo -que allí sigue desafiando la furia de los tiempos- y ver los 3000 escaparates en donde la carne femenina se compra al por mayor. Y tenía la idea, abonada por las dos estancias, de que se trata Holanda de un país en donde abunda -aparte de los molinos, las bicicletas y los tulipanes- la codiciada burguesía, aquella que paga por ver su retrato en un lienzo, y aquella otra perversa y progre que lo que busca es, transgrediendo, dar por bueno lo que existe, sin máscaras ni cortinas que oculten la realidad, con visillos abiertos para que el mundo sepa que existimos porque nos apareamos. Susto cuando lo ves por vez primera, tristeza cuando contemplas los rostros viejos y cansados de las numerosas izas y rabizas que se aburren en los estrechos fanales. Un torrente de sexualidad y sensualidad desparramadas por las calles mojadas, heladas en los estertores del año, congeladas al principio del siguiente.
Pero era una impresión que yo mismo me había creado en las dos fugaces visitas anteriores, hechas una en marzo, cuando la ciudad no se había quitado los mantos blancos del invierno, y otra en abril, cuando comenzaba a florecer una primavera que estalla con brío verde inusitado para mis costumbres. Y ahora, sin prisas, unas veces solo, otras en compañía, he podido recorrer la ciudad de los canales simétricos -todos son iguales, miden lo mismo y mantienen la misma estructura arquitectónica- sin palacios venecianos, una ciudad abierta a las aguas -que se convierten en placas de hielo por la corriente nocturna que la trueca- y a los tranvías que atraviesan de parte a parte el corazón de una ciudad verdaderamente tomada por un alud de turistas italianos -ya me preguntaba yo adónde iban a parar-, franceses -los que han abandonado nuestro suelo- y por supuesto españoles, que estamos en todas partes desde hace ya algunos años, pese a las crisis, a los mileuristas, a las dificultades económicas, no importa, ya se sabe, el español, que siempre había permanecido enclaustrado entre cuatro paredes, encerrado en las estrechas medidas del cuarto de estar, arrimado al brasero desde la antigüedad, se ha lanzado a tumba abierta desde la transición política y reclama su presencia en todas partes. Incluso, y es casualidad, tuve ocasión de encontrarme en tres ocasiones con un ilustre profesor catalán sin que hubiésemos concertado previamente la cita.
Y si no hay palacios venecianos, ni gran canal, sí hay por doquier edificios apuntalados por una pujante burguesía pudiente y comerciante -bien poblada de judíos, barrio incluido- que no le importa vivir junto a la inmensa humedad y a las terribles brumas que salen de los húmedos pasillos. Una ciudad que recibe latinos pese a sus pujos nórdicos, a su nieve perpetua, a las nevadas considerables que dejan las calles impracticables, al azar de los esquís que calzan sus habitantes, de las grandes botes de montaña que usan los turistas. Una ciudad festera que celebra como nadie esperaba el cambio de año, una Valencia de petardo y carretilla, de pólvora en cada parque, de fuegos artificiales en cada plaza, y de gentes que, cuando sopla el buen aire, están dispuestos a plantarse en la calle hasta altas horas de la madrugada. Una ciudad de cara abierta, de parques congelados y chuzos en los aleros. Ciudad de compras, con gente cargada de bolsas, en donde parece no existir la maldita crisis que nos corroe a los españoles. Los comercios cierran a las seis pero todo huele a negocio, a sinagoga y a educación protestante -se trata, en diciembre, de una navidad sin signos cristianos-, a zona portuaria de marinos de todas las latitudes, destacando en todo caso la presencia asiática, visible asimismo en una gastronomía que, al carecer de ella los anfitriones, permiten que sean los argentinos, los chinos -hay un barrio completo que celebra el año nuevo dos días más tarde- y los italianos con sus espaguetis, los que dominen el cotarro de la comienda, junto a la cocina portuguesa, asimismo presente, junto a algún conato español de tapas.
Ciudad de museos en donde la escultura, la pintura, la antropología y la vida cotidiana pueden fundirse en armonía y sin pudor, rompiendo moldes. Ciudad que acoge el Hermitage ruso y algunas instituciones en donde te suministran apuntes de la historia de la humanidad. Ciudad de muchos y grandes mercados que te saltan a la vista cuando menos los esperas y en donde puedes comprar quesos con ruedas y, al parecer, eso que huele a droga, una parcela de la que daré cuenta en mi cuarto viaje.

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