La colección de los sonetos de Shakespeare, en número de 154, más un apéndice constituido por un poco afortunado poema titulado Querellas de una amante, fue dada a la estampa en la primavera de 1609. Se trata de una historia escabrosa; tan escabrosa que, a finales de 1640, el literato que se encargó de la segunda edición se apresuró a alterar todos los nombres, del masculino al femenino, de forma que el joven amigo alabado por el poeta se transformó en una joven amiga.
Los críticos victorianos, por su parte, preocupados también por librar al más grande poeta británico de la acusación de homosexual, apuntaron sus baterías sobre la palabra 'love', que en el inglés de Shakespeare, como en el de nuestros días, puede significar, además de amor, afecto o simple amistad. Sin embargo, la aventura contada en los sonetos no tiene nada en común con la amistad. Se trata, inequívocamente, de una pasión: tierna y meliflua, celosa y melancólica, sin tregua, obsesionada por el pensamiento de la muerte. Vano sería buscar un orden lógico en los sonetos. El argumento está apenas esbozado.
La mayor parte de de las composiciones (las primeras 126) están dedicadas o hacen referencia, a un joven bellísimo. Como en la mirada al adolescente de Muerte en Venecia. Las restantes (excluidas las dos últimas, que son una simple imitación) aluden, por el contrario, a una 'dama morena' que llega, de un modo no muy claro, a interponerse entre el poeta y el joven amigo, o entre el poeta y un rival. Baldíos intentos han sido todos los encaminados a dar nombre a estas figuras escurridizas. Además, las infinitas suposiciones que fueron, y son todavía, formuladas, no tienen más valor que el de su curiosidad. La belleza de los sonetos no reside ciertamente en el episodio histórico que pudo haberlos inspirado, si es que este episodio existe; pero sí está, ante todo en su musicalidad inimitable (cabe aquí recordar que los sonetos no siguen el esquema italiano, petrarquista, de los dos cuartetos seguidos por dos tercetos, sino más bien se componen de tres cuartetos de rima alterna con un dístico de rima junta). Sobre esta fórmula, robusta y susceptible de infinitas variaciones musicales, se insertan relampagueantes imágenes de una belleza superlativa: cambiantes cielos estivales, luces de aurora, centelleo de ondas, danzar de flores, forman parte del fondo y, en conjunto, de reclamo a la belleza del ser amado y a la volubilidad de sus humores, de los que el poeta es esclavo.
Sobre todo pasa, como un escalofrío, el pensamiento de la vejez y de la muerte; vejez y muerte que marchitarán aquellas flores. Por cuya razón brota insistentemente, de labios del poeta, la plegaria al amigo recién casado y transmite así a los demás seres, los hijos, su frágil belleza, destinada a perecer. Pero la belleza que él canta no morirá nunca, continuará viviendo, porque está confiada a versos inmortales, a ilustraciones memorables que recuerdo de la mano del maestro Gregorio Prieto, pura intuición y fragancia.
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