Huesos de España

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Un taxista espera la llegada de algún cliente en una céntrica calle de La Habana
Un taxista espera la llegada de algún cliente en una céntrica calle de La Habana 

JAVIER ORRICO

Pasear por las calles de La Habana vieja es hacerlo sobre el cadáver de España. Carcomidos por la ruina, la humedad, el abandono, apenas sostenidos por vigas improvisadas, los palacios y las casas coloniales van siendo devorados por la soledad y la tristeza de unas calles semiinundadas, llenas de socavones, sucias y malolientes por las que los negros, los mulatos, los lavados sobreviven a su miseria. He visto la pobreza en muchos sitios, pero esto es otra cosa, un desmoronamiento, la extinción de un mundo, una memoria desconsolada de lo que algún día fue una de las ciudades más hermosas que los hombres jamás alzaron.
Y lo hicimos nosotros, aquello que alguna vez fuimos los españoles, mientras creímos y quisimos ser una nación. Esa Habana muerta es nuestra metáfora, los restos en descomposición de quien gobernó los mares y las tierras, un pueblo generoso y atrevido que se lanzó a una de las mayores aventuras de la historia y construyó toda una civilización, y que hoy se descompone también, como la Habana. Viendo lo que hoy somos, devorados no por la crisis económica, sino por la estupidez, por la cobardía, por la abulia y la desidia de quienes aceptan que los hundan sin rechistar, es imposible imaginar que alguna vez pudimos haber sido lo que hoy aún se intuye caminando hacia la Plaza Vieja por las callejuelas ajenas a los turistas. Ya ni siquiera nos cabe el consuelo de los versos de Mío Cid, "¡Oh, Dios, qué buen vasallo/ si oviesse buen señor!", porque no es buen vasallo quien consiente su desgracia, el delirio de sus gobernantes.
Seguramente fue un sueño. Todo sea una invención literaria. Nos engañó Quevedo con sus 'muros fuertes'; y Cervantes, con su mano perdida en Lepanto; y Garcilaso, combatiendo y muriendo al servicio del Emperador Carlos; y Velázquez, atrapando el aire, guardando la vida en un lienzo como nunca antes, y nunca después, un artista suplantó a la eternidad. No pudo haber un Lepanto en el que combatiéramos nosotros. No podemos ser herederos de aquellos hombres ásperos y cuajados como nueces de piedra. No este pueblo que hoy deambula por la Historia al mando de un zombi pegajoso e idiota como una bechamel vacía.
O acaso nunca volvimos de La Habana. España se quedó allí, muerta, junto a sus barcos destrozados en la bahía de Santiago, el Oriente que dicen de caramelo y música. España son esas calles de La Habana vieja y de Centro-Habana sobre las que se caen a pedazos nuestros fantasmas. España son aquellos fuertes sobre la bahía, levantados por los mejores ingenieros militares del mundo, los españoles. Nosotros ya no lo somos. Nunca nos recuperamos del Desastre del 98, pero no lo sabíamos. Nos arrastramos como un espectro bajo las sábanas de unos embaucadores que nos hicieron creernos una potencia universal otra vez. Ahora nos miramos al espejo y no vemos nada. No hay nada, ni Nación, ni Estado, ni Gobierno, ni Justicia ni Pueblo. Somos los verdaderos ni-ni. España entera es un ni-ni, un avestruz con el cuello hundido y roto. Diecisiete partidas bandoleras disputándose los huesos del cadáver, millones de cadáveres, como escribió Dámaso Alonso, pero ahora sentados ante una pantalla por la que los nuevos Chanfallas, los albaceas del rey desnudo, emiten sus mensajes de orfidal.
También Cuba perdió. Desde que España se les murió allí, bajo los machetes de los mambises, han sufrido la ocupación americana, sesenta años de democracia de ficción y dictaduras de astracán, y medio siglo de terror y miseria revolucionaria. La Habana es también el cadáver de la 'Revolusión', un reino de jineteras que buscan desesperadamente unos pesos para comprar champú o algún extranjero que les regale aspirinas. Un viejo culto, que lleva cincuenta años sufriéndola, y al que persiguieron y marginaron por tener una 'educación burguesa', me definió la Revolución como una confluencia de "idealistas, resentidos y oportunistas, en la que los idealistas fueron devorados al poco tiempo de estallar". La Revolución es hoy una impostura hasta de sí misma. Consciente de la derrota y la vergüenza del socialismo, ha borrado incluso sus orígenes, se ha reescrito, como buena discípula estalinista que siempre fue. Ahora los signos comunistas casi han desaparecido, ni Lenin ni casi el Ché aparecen en la nueva propaganda oficial, sólo Martí, omnipresente, y Maceo, los héroes de la independencia contra España. La dictadura se presenta hoy como la heredera directa de esa lucha pomposamente antiimperialista, y ese traje de oro del emperador que es el bloqueo (tan falso como los jardines biosaludables que el ayuntamiento de Murcia regala a un pueblo que lo que necesita es medicinas), sirve como señuelo y excusa para un régimen que ya es sólo un tirano acartonado.
Me duele Cuba más que España. España son ya sólo esos huesos, la memoria triste que hasta negamos a nuestros descendientes, la estúpida reata de ignorantes en que nos hemos convertido. Los cubanos no han podido elegir. Nosotros nos hemos destruido solos.

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