Regreso al hogar

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MANUEL MATOS

La ruptura del Imperio romano entre Oriente y Occidente en el siglo V tuvo como consecuencia el alejamiento de las iglesias cristianas de Roma y Constantinopla. La ruptura o cisma se consumó posteriormente en el siglo X. La 'católica', la universal, la que lo comprende todo, 'kata odon', extendida de Oriente a Occidente rompía su unidad, querida por Cristo como señal de su Iglesia: "Que sean uno, como el Padre y yo somos uno" (Jn 17,21).
A la separación de las iglesias ortodoxas de Oriente sucedió en el siglo XVI en el corazón de la misma Europa la Reforma luterana, con sus variantes, dando lugar al protestantismo, cuya fragmentación posterior dio lugar a numerosas iglesias y confesiones más o menos minoritarias, imposible de integrar entre sí hasta hoy. Las causas profundas de la división no fueron sólo religiosas. Se mezclaron intereses políticos, económicos, fuerzas sociales nacionalistas, que oscurecieron la causa del Evangelio.
La Iglesia de Inglaterra rompió con la de Roma en 1534. Enrique VIII respondió con el desafío al Papa que le negaba la nulidad matrimonial y se declaró a sí mismo cabeza de la Iglesia anglicana, sometiendo a cruel persecución a los católicos ingleses que se mantuvieron fieles a la Iglesia romana, con mártires heróicos y derramamiento de sangre. Hoy los cristianaos pertenecientes a la Comunión anglicana mundial son unos 77 millones de cristianos, sobre todo en los países de habla inglesa. No olvidemos que Inglaterra ha sido un enorme Imperio colonial, donde se implantó siempre la religión del Estado, cuya cabeza simbólica es la Reina de Inglaterra y el arzobispo de Canterbury.
Pero dentro del anglicanismo -la llamada alta iglesia- ha mantenido siempre una cercanía grande con la Iglesia católica, como si no se encontrara en su sitio lejos de Roma. Desde el siglo XIX se han dado 'conversiones' de anglicanos a la fe romana -recordemos al cardenal Newman y al Movimiento de Oxford-, pero de forma individual, de uno en uno. Eran estas conversiones como un regreso al hogar del hijo que se fue equivocadamente. El movimiento ecuménico, impulsado por al Concilio Vaticano II y por el Consejo Mundial de las Iglesias Cristianas, lleva trabajando en el diálogo, en la oración. Muchas dificultades teológicas han desaparecido. Y resurge la cordialidad y la acogida mutua poco a poco, un estilo evangélico de mirarse unos a otros y abrazarse en la cercanía de la fe común.
Está sucediendo algo nuevo: ya no son 'conversiones personales', de uno en uno, sino que casi medio millón de cristianos anglicanos, pertenecientes a la Comunión Anglicana Tradicionalista (CAT), implantados en Reino Unido, Estados Unidos y Australia sobre todo, dirigen su mirada a Roma y piden incorporarse con sus obispos, párrocos y comunidades de fieles a la Iglesia católica. Se encuentran a disgusto en los rumbos que ha tomado desde 1992 el Sínodo de la Iglesia de Inglaterra. Piden entrar en comunión total con la Iglesia católica, manteniendo su identidad anglicana, sus tradiciones de espiritualidad y culto. Y la Iglesia de Roma los acoge, respondiendo a sus deseos de unidad. Como la unidad no es necesariamente uniformidad y la Iglesia católica siempre ha sido integradora de las formas plurales compatibles con el Evangelio, la respuesta ha sido positiva.
El Papa Benedicto XVI ha publicado la constitución Anglicanorum coetibis (4.11.2009) para acoger sus demandas: se integrarán en la Iglesia católica en forma de diócesis personal, como las diócesis castrenses o prelaturas no territoriales, con un obispo al frente, elegido entre el clero anglicano, nombrado por el Papa. Los párrocos casados podrán ser ordenados sacerdotes, manteniendo su matrimonio, estudiando caso por caso. El ministerio episcopal se mantendrá vinculado al celibato, según la tradición latina y ortodoxa de la Iglesia. La fórmula de integración propuesta por Roma ha sido acogida con agrado por la Comunión Tradicionalista anglicana. Se les acoge en la fe común y se les respetan sus valiosas tradiciones.
Tal vez estos cristianos anglicanos entienden su 'regreso a Roma' como la recuperación de su centro vital, la raíz de la que no debieron separarse y a la que vuelven. Pero el movimiento ecuménico nos pide algo más: que todos, católicos, protestantes y ortodoxos, todos los que creemos en Cristo, nos convirtamos a la única Iglesia de Cristo, porque el centro irrenunciable es Jesús de Nazaret. Cada uno tenemos nuestras raíces, nuestras tradiciones, nuestra cultura cristiana, que nos constituye, de donde venimos. Lo importante es que nos encontramos mirando al futuro de unidad al que Dios nos llama.
mmatos@jesuitas.es

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