El sábado fui a ver Nine. Me gustó Penélope Cruz. Está espectacular. La chica de Alcobendas aparece más jamona que nunca, como es sus viejos tiempos. El baile erótico que se marca al principio de la película te deja en estado de trance. Tan caliente que quema. No me extraña que el meneo de sus carnes prietas en la pantalla gigante haya conquistado al país de las barras y estrellas. Es un baile obsceno, casi vulgar. Una súper hembra tiene que estar muy segura de sí misma para contonearse de esa forma tan sexy ante el gran público. Porque no se trata de bailar Paquito el chocolatero después de haberse tomado dos chatos de vino en una venta de Los Infiernos (camino rural); se trata de dar lo mejor y más íntimo de una misma ante millones de espectadores de todo el mundo. Belleza y talento en estado puro.
Al llegar a casa puse la tele y apareció Karmele Marchante. Debo reconocer que su careto alienígena me sobrecogió. "¡Qué esquife de tía!", me dije a mí misma haciendo uso de la precisa y brillante expresión que emplea mi padre para describir a ese tipo de mujeres secas cual mojama, con cara de agrillo y pelo de babuino esquizoide a lo María Teresa Fernández de la Vega.
El contraste con la diosa Penélope hubiese sido brutal si no hubiera sido porque, sentada junto a Karmele, estaba una lozana y jaquetona hembra a la que hacía tiempo que le había perdido la pista. Era María Abradelo, uno de los mitos sexuales de mi padre. Así, de pronto, quizá no recuerden ustedes a esta mujer. Yo sólo les digo que, en mi casa, cuando veíamos el Canta, Canta -ese folclórico programa de karaoke de Canal Nou-, todo el mundo se pegaba a la pantalla de la tele para poder apreciar en toda su magnitud el colosal tamaño de la boca de la presentadora. Yo era pequeña y no entendía muy bien por qué a mi progenitor le generaba tanta atracción el pedazo de buzón de la Abradelo, pero, ahora, con el paso de los años, veo claro que dentro de mi padre se esconde un dentista frustrado.
Desde el principio de los tiempos, el género femenino se ha desvivido por adaptarse a los cánones de belleza contemporáneos. Pero los gustos son caprichosos y las modas cambian. Para los chicos de 13 años Penélope Cruz no es más que una treintañera mona que actúa en películas que a ellos no les interesan. Las nuevas generaciones prefieren a la neumática Pilar Rubio, también guapa, pero con una belleza más fría y cibernética, casi como de videojuego.
El poeta se equivocaba con su "collige, virgo, rosas". La belleza no es efímera -y si no, que se lo digan a Sofía Loren-, son los gustos los que cambian. Elsa Pataky pasará de moda, Angelina Jolie, también, y Victoria Beckham..., bueno, digamos que por mucho que Victoria persiga a la moda, la moda siempre ha corrido más que ella.
Esto nos lleva a tres conclusiones inequívocas: la primera, la belleza no es más que una mera convención social caprichosa e impredecible; la segunda, dentro de mí hay una sex symbol, pero nací en la época y el planeta equivocados; y la tercera, aquí el que no se consuela es porque no quiere.
Mi padre, que además de viejo, es buen conocedor de las cosas importantes de la vida, no se deja llevar por las modas imperantes y sabe que el atractivo de una mujer reside, además de en su físico, en los atributos de su carácter. De hecho, de la gran María Abradelo, lo que más admiraba era su simpatía y la forma tan cariñosa que tenía de darles dos besos a los concursantes del programa con su descomunal boca.
La fortaleza es otro de los atributos que mi padre encuentra irresistibles en una mujer. Por eso, otro de sus mitos sexuales es Sigourney Weaver. Su papel como la teniente Ellen Ripley en Alien es el paradigma de feminidad salvaje e indómita que tanto gusta a los hombres hechos y derechos.
Por supuesto, también es fan incondicional de Camila Parquer Bowles desde los tiempos en los que era la amante del Príncipe Carlos, porque, en su opinión, "es una mujer que ha sabido despertar una pasión y mantenerla a lo largo de los años". Y cito textualmente.
Supongo que no pudo haber elegido mejor. Mi madre, que se conserva como Sofía Loren, tiene la simpatía de María Abradelo, la fuerza de la teniente Ripley y, por supuesto, es una mujer que ha sabido despertar una pasión y mantenerla a lo largo de los años. Puro jamón, jamón. Y de pata negra.