ESPACIO ABIERTO

Popapocalípticos

 08:14  
Los Planetas, entre los no apocalípticos
Los Planetas, entre los no apocalípticos 

JOSÉ DANIEL ESPEJO Miembro del Foro Ciudadano

En medio del sonoro intercambio de bofetadas dialécticas en que se ha convertido el debate de los derechos de autor y la piratería en Internet, hay algo que probablemente se nos ha pasado por alto. Lo comprendí al ver la lista de firmantes del enésimo manifiesto antipiratería de los profesionales de la música y sorprenderme ante el hecho de que nunca, jamás, he logrado escuchar un disco entero de absolutamente ninguno de los ¡83! artistas de la lista. Igual es casualidad ¿no? Igual a ustedes no les pasa. Pero ya puestos, voy a darles mi hipótesis, que igual les convence. Y si no, mejor es estar de columnista de opinión que en la calle delinquiendo, como decían Faemino y Cansado.
El que suscribe es un orgulloso miembro de la quinta del 75, la del baby boom, recuerden, la primera criada en democracia y educada en aulas atestadas, la que vio de niño la Trilogía (¿que qué Trilogía? Por dios, buen hombre, solo hay una Trilogía y George Lucas es su Profeta). Los 90 son nuestra década prodigiosa: abrimos los oídos a los 15 y ahí estaba Kurt Cobain, cumplimos los 25 y lo celebramos con Daft Punk. Eran los años dorados de la industria musical, el apogeo de la MTV y la multiplicación de los panes y las FNAC. Aún no había llegado Napster a torcer las cosas y el que tenía Internet en casa era como el que tenía móvil: un esnob. Las multis, merced a unas cifras de beneficio escandalosas, dominaban toda la Galia. ¿Toda? No, no toda. El movimiento indie, surgido como reacción a los abusos de la industria tanto hacia los músicos no comerciales como hacia el público, llevaba la integridad y la independencia al núcleo de la identidad musical de las bandas, sacándolas de los circuitos industriales y colocándolas en una incipiente escena alternativa, con profusión de sellos minoritarios, pequeñas salas, fanzines y entusiasmo crítico.
Del cambio de paradigma se desprendió un mayor empoderamiento de los independientes con respecto al proceso total de producción, distribución y consumo de música, en un hágalo-usted-mismo que frecuentemente implicaba la grabación en el ocho pistas de un amigo (en riguroso lo-fi, cómo no), la publicidad fanzinera, los concursos de maquetas y las minigiras en que una baqueteada furgoneta servía además de hotel. Desde el lado acomodado de la calle del ritmo todo esto se veía con cierta sorna (indie-gentes, los llamaban en Los 40 Principales), o se intentaba fagocitar el movimiento adaptando la estética a las últimas niñas monas (de Natalie Imbruglia a Avril Lavigne).
Si la operación acababa de funcionar tan bien con el grunge, ¿por qué no ahora también? En el mundo del pop, los integrados necesitan a los apocalípticos de vez en cuando. Para domesticarlos, para copiarles los peinados, para ponerlos a vender.
Unos años después, la tortilla ha dado la vuelta de tal forma que los integrados de ayer pronostican hoy el fin de la música (sic) en cinco años si no se cierra Internet y se tira la llave al mar. Ana Belén, El Canto del Loco, Edurne, La Oreja de Van Gogh, Loquillo, Luis Cobos, Miguel Ríos, OBK o Víctor Manuel, como firmantes del manifiesto, vinculan el auge de las descargas con la muerte del pop. ¿Pero qué pop? ¿Qué piensan las bandas que yo sí escucho, las que no salen en Los 40 ni recogen premios Amigo y aún así venden casi tantos discos como los triunfitos, por no hablar de asistencia a conciertos? ¿La Buena Vida, Astrud, Los Planetas, Parade, Tarik o La Habitación Roja no han firmado nada? ¿Por qué? ¿Qué ha sido de su talante apocalíptico? Para estos músicos, los derechos de autor son algo más que el cheque de la SGAE, un concepto más amplio cuya definición quieren modelar, igual que la producción, la distribución y la publicidad que se han currado por sí mismos.
Internet no es el hombre del saco sino una útil herramienta, desde MySpace hasta Spotify, y por ella no pululan manadas de piratas lucrándose gracias al sudor de sus neuronas, sino aficionados como los que se acercan a sus conciertos. En lo que entienden por derechos de autor pesa más el concepto de acreditación de la obra que el pase por caja, porque saben que en la sociedad de la sobreinformación la difusión es oro. Y queda también el espíritu indie, por qué no: lo que está en quiebra es la fábrica de triunfitos, no mi música, y la señora bien, gracias.
No se entienda esta parrafada como un ataque descerebrado contra los autores del abundante tipo os robo porque me da la gana, que estáis forrados. Creo firmemente en los derechos de autor, que entiendo como la participación del creador en los beneficios generados por una obra. Pero estos beneficios pueden o no ser pecuniarios, y la participación del creador puede variar, y el creador puede optar por hacer efectiva esta participación de muchas maneras, y todas estas variables pueden y deben ser definidas por el interesado, es decir, por el autor, como le dé la real gana, que para eso son responsabilidad suya.
Hoy en día, el monopolio de facto que ejerce la SGAE sobre la gestión de derechos de autor no solo hace imposible la libre elección de estos factores, sino que ni siquiera la fórmula de reparto establecida es conocida por sus propios socios. Para los músicos acostumbrados al do-it-yourself, la Sociedad es un engorro ineludible a la hora de grabar y distribuir, un gasto más que muy pocas veces llega a salir rentable. Su empoderamiento acaba donde empieza el de los chicos de Teddy, y a fe mía que a estos últimos no es poder lo que les falta, canon digital y secuestro exprés de webs incluidos. Sin embargo, ya está claro quiénes son los nuevos apocalípticos y quiénes los nuevos integrados en el floreciente panorama pop patrio. La era digital ha hecho posible, al menos un poquito, el sueño noventero de los indies: tiemblan las majors, la música suena.

josedanielespejo@gmail.com
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