Es el brutal y postrer -tras él solo quedan cenizas- sistema ideado por la maquiavélica ciencia capitalista para exprimir al límite la fuerza de sus siervos, abatiendo las últimas barreras -sindicatos, legislación laboral, reglamentaciones, etc.- que obstaculizaban el camino hacia la total esclavitud.
Con anterioridad las técnicas de 'recursos humanos' que, ya en el enunciado degradan a la persona mediante su equiparación con los demás factores productivos, habían alcanzado considerables dosis de excelencia como, por ejemplo, ciertos grandes almacenes -observa que no oso nombrarlos, por si acaso- sobre cuyos empleados pende la durísima prohibición de establecer relaciones afectivo-sexuales entre ellos. La norma, por supuesto no escrita, atenta contra los más sanos y naturales impulsos del individuo pero tiene la ventaja de encauzar toda la atención y facultades del currante a beneficio exclusivo de la empresa. De este modo fabrican a modo de salchichas unos seres indiferenciados, prescindibles, dudosamente humanos.
Otro hito en el largo camino del canibalismo laboral fue la invención del móvil o telefonino, como se dice en Italia. Ya me declaré aquí en su momento (relee Soy inmóvil) enemigo irreductible y receloso del maldito artefacto porque venía a sumarse a la insoportable sucesión de irrupciones indeseadas, 'coitus interruptus' incluido, e inoportunas. Pues bien, primero a los pobrecitos ejecutivos y luego a los mandos intermedios se les proveyó con largueza, se les obsequió, se les impuso el invento de marras, con la pequeña contrapartida de estar pendientes, móvil-dependientes podríamos decir, veinticuatro horas al día. Porque si el desvelo del patrón no tiene limites ni en la cama, pudiendo devenir en impotencia 'coyundi', en neurosis obsesiva o en diabetes, en función de qué va a yacer cual conejo rijoso el subordinado inmediato, el cual enseguida localizará a su propio sicario y así sucesivamente, hasta que todos son infelices aunque coman perdices.
La decimonona centuria de nuestra era sufrió temprano un 'modus laborandi' infernal y revolucionario, en el mal sentido: el 'fordismo' u organización del trabajo en cadena inventado por Henry Ford, cuyos estragos neurológicos ilustra soberbiamente Charles Chaplin en Tiempos Modernos. A aquellos desdichados operarios le quedaba el apoyo de los sindicatos yanquis, apoyo más simbólico que real dada la corrupción imperante, los eficaces, antes de su decapitación por Margaret Thatcher 'labour unions' británicas, las ugetés y cocos tras cuarenta años de 'verticalismo', toco-mocho franquista de obligado cumplimiento. La suerte del asalariado estaba al albur de la contingencia política, algo es algo. Se daban casos donde la sindicatura correspondiente negociaba de tú a tú con la patronal el aumento salarial, la sanidad fabril, las condiciones del despido. Semejante abuso tiene los días contados.
El incalificable sistema cuya generalización se avecina y de hecho ya ha cobrado sus primeras víctimas entre los suicidados de France Telecom, es la 'evaluación individualizada de la productividad a cargo del propio empleado'. Al efecto establecen un baremo de mínimos y máximos objetivos fructuosos en que la victima se debatirá con desasosiego crónico. Dicho de otra forma: se ha trasladado el antagonismo social al interior del trabajador. (Bajo el señuelo de una supuesta mayor libertad le facilitan la elección del tajo, si se lo llevan a casa mejor). Y ahí empieza el íntimo conflicto entre el sujeto ordenante y el cuerpo obediente, el cual agota su flexibilidad y ligereza hasta quedar exhausto, es decir incapaz de vivir, ajeno al placer, candidato a la autodestrucción.
La susodicha arma de aniquilación masiva está cimentada sobre el sentimiento judeocristiano de culpa y no es ajena a esa odiosa moral norteamericana del individualismo feroz e insolidario. A quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga, predica el católico refrán; mas como todos sabemos que somos Dios, ese Dios intolerante y vengativo y omnipotente, prometedor de un paraíso con trampa pues deviene averno en cuanto muerdes la manzana, al encarnar cada quiqui la divinidad, el conjunto se convierte en un bonito infierno donde la gente corre por correr a fuerza de la costumbre y va tejiendo la soga de su patíbulo personal.