Lo más duro de ver y sentir, en la distancia obligada, es la orfandad de esos niños agotados, sin nada, tristes, abatidos, llorosos, famélicos, que deambulan por las calles o en empobrecidas instituciones de Haití, tras el devastador terremoto geográfico, tras el despiadado asalto de desaprensivos y delincuentes que los capturan para hacer de ellos la más vergonzosa mercancía humana.
Haití es un dolor injusto; un clamor mundial de socorro. Y el planeta quiere contribuir y ayudar; muy a su pesar, vistas sus acciones en determinados momentos, el ser humano ha nacido para la felicidad, aunque su camino se equivoque de destino sin saber por qué.
Algunos niños de Haití, antes del seísmo, se encontraban en proceso de adopción por personas de otras nacionalidades; estos casos han acelerado el papeleo y parece ser que pronto tendrán un destino mejor que sus ruinas de origen. Muchas familias, ante lo ocurrido, también están decididas a adoptar a estas criaturas de pocos años para devolverles algo de paz y criarlos y cuidarlos hasta que sean adultos libres y con capacidades suficientes. Pero al revés de lo que inspira el sentido común, la administración y la burocracia para llevar a efecto este tipo de ayuda ha cerrado las puertas y paralizado totalmente cualquier proceso en tal sentido. Cuando todo debiera ser más fácil las dificultades se han aumentado hasta hacerlo imposible.
Me pregunto por qué las leyes siempre van desfasadas con las necesidades de los humanos, de los ciudadanos, en este caso de los de Haití, aislado por una frontera de facto, visible e invisible a un tiempo.
La ayuda múltiple que necesita ese país es de carácter multiplicado; atención médica, alimentación, reconstrucción de los bienes materiales, de la mínima habitabilidad; techo, luz y agua, comunicaciones, pero también emociones humanas como la reconstrucción de una familia, de una nueva vida, de una segunda oportunidad a estos niños que han quedado solos y huérfanos en el mundo, desnudos de una caricia, de un mimo, de un afecto. Desamparados y olvidados de la fortuna.
La solidaridad es poliédrica, hay que saberlo y llevarla a cabo desde todas sus perspectivas, sin olvidar las más necesarias y elementales. Y hay gente de buena condición dispuesta a ello, con más bondad de lo que el ser humano suele dar muestras. Por eso hay que pedir la eliminación de las trabas en los decentes y nuevas peticiones de adopción y amparo para los niños huérfanos de Haití. Y además con toda urgencia.
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