Miedos

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JOSA FRUCTUOSO

Parece que, al menos, queda en nosotros la añoranza de un mundo mejor o, cuando menos, de una vida mejor. Aunque ese deseo se manifieste, en la mayoría de ocasiones, como un mero sueño material que nos lleva a poner ilusiones y dinero en un juego de azar cualquiera de los muchos que venden esperanza, es, al fin y al cabo, un deseo de liberarnos de las condiciones entre las cuales transcurren nuestros días y sustituirlas por otras que nos proporcionen un mayor margen de comodidad y de libertad. No hay nada indigno en la búsqueda de la comodidad, del bienestar, al contrario es una tendencia natural de todo ser vivo. Al igual que los gatos buscan siempre el lecho muelle de la ropa recién lavada, los humanos buscamos un medio vital en el que poder ronronear. No es indigna la búsqueda de la comodidad, del sencillo placer cotidiano del bienestar, al contrario, es una tendencia natural de todo ser vivo el buscar un medio en el que poderse acomodar. Por eso el Estado moderno se ha denominado Estado del bienestar. Pero no olvidemos que, en nosotros los humanos, la comodidad va ligada de manera indisoluble a la libertad, a una libertad que podemos, si se quiere, circunscribir a su dimensión meramente temporal, es decir, al disfrute de un tiempo exento de imposiciones que pertenece exclusivamente a la privacidad de cada uno para poder hacer o no hacer. El tiempo libre, como expresión mínima de la libertad, es el complemento necesario de ese conjunto de cosas que nos hacen la vida agradable.
Una vez alcanzado el estado de comodidad, de acomodamiento, nos volvemos acomodaticios y, a partir de ahí, conservadores, legítimamente conservadores. Pero cuando nos volvemos o cuando somos conservadores de lo bueno que tenemos, no caemos necesariamente en un estado de determinación que anule ni nuestra capacidad de razonar ni nuestra voluntad, por tanto de pensar y de actuar libremente. Por eso, aún desde la comodidad podemos optar por encerrarnos en nuestra torre de marfil y, justificándonos en el principio de que el mérito es la recompensa del esfuerzo, volvernos insensibles hacia la miseria ajena; o bien, podemos optar por la empatía hacia la miseria que nos rodea.
Si existiera una naturaleza humana que nos hiciera ser buenos o malos, solidarios o insolidarios, nos evitaríamos caer de continuo, una y otra vez, en la contradicción. Pero dada nuestra ambigüedad natural de seres racionales y pasionales vivimos en la contradicción. Por eso es compatible que nos sintamos conmovidos y solidarios por las noticias del horror y del sufrimiento en Haití y que, al mismo tiempo, pretendamos excluir del empadronamiento y de los servicios que de él se derivan a los inmigrantes en situación irregular. Simplemente, nos dejamos conmover por lo que está lejos, mientras que nos sentimos amenazados por lo que tenemos al lado.
Se trata de miedo, del miedo a perder nuestra comodidad, pero en un sentido extenso, no meramente en un sentido material sino también en el sentido de los valores que nos protegen. El demagógico argumento de que los inmigrantes nos quitan puestos de trabajo prende como mecha entre la población porque se alimenta del miedo a la pérdida de lo que es considerado nuestro por derecho y ese miedo, el miedo a perder lo que tenemos, nos lleva a creer en el espejismo de la avalancha ante la que hay que levantar muros defensivos. En la exitosa propuesta popular suiza para la prohibición de los minaretes de las mezquitas hay, sin duda, algo más que una simple inquietud por la alteración del paisaje tradicional que supone la proliferación de minaretes, hay miedo, miedo a que 'ellos' sean más visibles que 'nosotros', miedo a que se conviertan en mayoría.
En la concepción de la inmigración como una forma lenta de invasión palpita el fantasma de una confrontación cultural, expresada como miedo a la pérdida de valores que consideramos nuestros, que son nuestros, de Occidente; unos valores que nos identifican y permiten vivir en la comodidad de una seguridad relativa que cada día parece más amenazada desde distintos frentes. Será que, en el fondo, tenemos poca confianza en la solidez de nuestros valores; o será que los vemos peligrar porque nos falta compromiso y nos limitamos a exigir a otros que los defiendan por nosotros; será, seguramente, que el miedo del pueblo resulta útil a determinados intereses de poder. Bastaría, tal vez, con que nos diéramos cuenta de que el miedo y la libertad, y por tanto la comodidad, son incompatibles, para que empezásemos a asumir compromisos y para que afrontásemos con mejor criterio el fenómeno de la inmigración.

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