Un misionero que ha dedicado su vida a la comunidad católica de Singapur me comentaba la gran dificultad que supone para los nacidos en las antiguas tradiciones religiosas de Asia la aceptación del cristianismo: para ellos la religión o la filosofía religiosa cultural exige que cada uno esté en su sitio en la sociedad. El orden es lo importante y el principio ordenador debe respetarse. El amor lo entienden como una debilidad que le desplaza a uno de su sitio. Por tanto, el anuncio del Dios cristiano como Amor gratuito que se nos revela en Jesús de Nazaret y, sobre todo, la exigencia del perdón al hermano que te ofende -perdón ofrecido siempre y nunca negado- rompe todos sus esquemas previos. Un Dios que ama demasiado y perdona invitándote a perdonar es perturbador del orden...
Algo semejante he oído a los católicos que trabajan en el diálogo con el Islam. El Corán proclama la misericordia de Dios y el deber de la ayuda mutua entre los fieles. Pero la dificultad práctica para dar el paso de la conversión al cristianismo no está tanto en la dificultad teórica de la Trinidad -que muchos musulmanes identifican con una imaginaria idolatría o politeísmo contra el Dios uno- sino en el perdón al hermano que te ofende. Una estricta idea de la justicia coránica -discutible para los musulmanes más liberales- la hace prevalecer en la práctica sobre la misericordia y la compasión. Llevada a su extremo la justicia coránica exige el ojo por ojo y diente por diente, el regreso justiciero al Talión.
El Concilio Vaticano II hizo una valoración positiva de lo que hay verdadero y santo en las religiones no cristianas. Del hinduismo alaba la búsqueda de liberación de la angustia por los caminos de la ascética o de la meditación; el deseo de iluminación del budismo; los intentos de responder a las inquietudes del corazón humano. Del Islam alaba la adoración al Dios único, viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, a cuyos designios se somete el hombre en la fe, mirando a Abraham como padre de los creyentes en un solo Dios; reconocen a Jesús como Profeta, aunque no como Dios, honran a María Virgen y esperan el juicio justo de Dios, practicando la oración, limosna y ayuno. La Iglesia piensa en la contribución de las religiones a la fraternidad universal, siempre posible, por el camino del diálogo y el respeto mutuo.
El cristianismo es esencialmente la religión del amor y del perdón: un Dios que ama al hombre y le invita a participar de su vida, amando a los demás. El Mandamiento de Jesús es el amor fraterno. Y la experiencia del amor de Dios se traduce en la experiencia del perdón, dado y aceptado. Es la experiencia cristiana. Jesús, en la cruz, transformó el pecado del mundo en un acto de perdón, una forma nueva sorprendente de amor desconocido: "Padre, perdónalos, no saben lo que hacen". Jesús practica su propia enseñanza. El fariseísmo había contemplado que el perdón al hermano debía ofrecerse generosamente tres veces. Cuando Pedro, pensando en el amor mayor que Jesús pedía, pregunta si debe perdonarse siete veces, le responde el Maestro que no, que setenta veces siete, es decir siempre y sin condiciones. Y el perdón de Dios a nuestras ofensas y deudas lo condiciona Jesús, en la oración del Padre nuestro, a nuestro perdón al hermano: si perdonas, serás perdonado; si no perdonas, el perdón se te retiene. Jesús añadirá que no se puede hacer la ofrenda en el altar sin la reconciliación previa con el hermano que tiene algo contra ti. La historia del cristianismo está llena de hombres y mujeres que supieron perdonar, a veces heroicamente. Es su mejor aval.
Un mundo donde el perdón es caro o raro es un mundo violento, inhumano, duro. Ojalá llegáramos a la utopía donde nadie puede ofenderse, porque nadie se siente ofendido y la compasión, la misericordia y la piedad se concedieran con tanta normalidad que ni se notara su existencia. Pero habríamos llegado ya al Reino de Dios. Y nuestra realidad estaría sanada del todo. Y no es todavía así. Estamos en camino entre el pecado y la santidad. Sin embargo, en el panorama religioso de la humanidad, solo el cristianismo es capaz de salvar al hombre de sus rencores y exaltaciones egocéntricas por la misericordia y la compasión. El amor al prójimo nos recuerda que mi hermano es 'como yo', siente como yo y pide ser tratado como yo deseo que me traten. Es la lógica de que Dios ame así y perdone siempre al hombre.
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