La publicidad televisiva de perfumes en la pasada Navidad, impotente ante el sinsentido de vender por los sentidos de la vista y el oído lo que se compra por el olfato, fabrica 'spots' sin sentido donde lo único legible suelen ser París y una gran hembra occidental. Lo demás es arte y ensayo, principios y finales abiertos, abstracción, surrealismo, libre asociación, hermenéutica pop...
Esos anuncios compartían un mensaje general de búsqueda intensa de no se sabe qué. Scarlett Johansson, arreglándose ante el espejo en la gran habitación, piensa "no sé lo que es... quizá todo... quizá nada...". ¿Serán el oro, los diamantes y los vestidos que no interesan a Charlize Theron, la desganada belleza que desde hace varias Navidades nos muestra que le sobra todo y no le falta nada?
No se sabe qué pero, sea lo que sea, Kate Moss lo ha encontrado en París. Es algo que le produce un placer enorme en el asiento trasero de un coche, en la cama y en un puente sobre el Sena. Por cómo lo manifestaba puede tratarse del punto G. Tratándose de Kate Moss lo que no extraña es que encuentre, en París, en Londres, donde sea. La prensa cuenta que la dejas sola en una ciudad y 'pilla' siempre.
No como Audrey Tautou, la despistada 'Amelie', que, esnifada por un joven desconocido en el estrecho pasillo de un gran expreso europeo, se pasaba una noche de tren de lo más ansiosa (y él también). Los dos decidían buscarse, se liaban con unas puertas en plan vodevil y llegaban separados a Estambul. En el Bósforo, que también es estrecho, sus vapores se cruzaban. No se reunían hasta que volvían a la estación y él la hallaba de espaldas, la olía de nuevo, se besaban, se abrazaban y fin.
Estas historias perfumadas con grandes estrellas forman una superproducción europea de género sentimental, sin demasiado sentido, pero con la ventaja sobre otras películas de que, en vez de superar las dos horas, no llegan a los dos minutos.