No sé si Dios existe, pero existe la Cruz y está en el Castillo. Esa es la más honda de las certezas de la mayor parte de los caravaqueños, no sólo una fe en sus varias formas posibles, sino algo más, un sentimiento de protección, de amparo, que sólo puede ser correspondido con la veneración, con la responsabilidad de su custodia. Por eso, quienes la robaron en la noche del 13 al 14 de febrero de 1934 sabían que el único modo de apoderarse de la ciudad era destruir su vinculación con la Cruz. Los caravaqueños, ante las preguntas de la prensa en aquellos días aciagos, manifestaban que "Caravaca está de duelo", y que un sentimiento de orfandad se había adueñado de ellos.
Caravaca sin su Cruz dejaba de tener sentido, alma, pues su nacimiento, su historia, su razón de ser habían girado siempre alrededor de la reliquia templaria. Es decir, que además de la universalidad del símbolo, su dimensión católica, para los caravaqueños suponía la memoria entera de sí mismos. Aquella izquierda cenutria -como ésta-, que hizo del robo su propia Revolución de Asturias algunos meses antes, creía que sólo así, arrancándole la memoria a Caravaca, podrían sustituir su fe antigua por la fe nueva, el socialismo; y al hombre caduco, creyente, reaccionario, esperanzado irracionalmente en la trascendencia, por el hombre nuevo iluminado por el Partido, disciplinado creyente en la voluntad del Partido, fiel seguidor de la doctrina dictada por el Partido. Lo que llevó en otros lugares, como es conocido, a la sustitución de la Cruz y el Cristo por Stalin, con los resultados conocidos.
Seguramente, sin aquel suceso desdichado hoy no estaríamos inaugurando un nuevo Año Jubilar. Creo que todos supieron entonces que con la Cruz se iba la propia supervivencia de la ciudad. El robo produjo, tras el dolor, por su causa, una renovación de esa fe tan peculiar que mantenemos los caravaqueños -la mayoría, repito, porque no es en absoluto obligatoria- hacia nuestra Cruz, de ese pacto sentimental por el que nos debemos a ella y que a cambio, como ella, nos hace absolutamente singulares. Caravaca es la única ciudad del mundo consagrada exclusivamente a la Cruz. Casi novecientos años ya de historia de una pequeña ciudad perdida en la España más olvidada, que ha sabido llegar a hacerse universal gracias a su lealtad a ese símbolo, a su entrega para hacerlo accesible a todos y para llevar su mensaje, como se hizo en la América española, a cuantos lugares llegara un caravaqueño.
Era la Cruz de Cristo, sin duda, esa que hoy quieren hacer desaparecer de nuestras instituciones públicas, el recuerdo de un hombre perseguido, torturado y ejecutado injustamente por quienes sólo buscaban defender sus privilegios. Y que, encima, sólo habla de perdón, de misericordia, de piedad.
Qué tipo tan malo aquel Jesús cuya visión ofende a quienes, fariseos, dicen defender a los humildes, y que, como Anás y Caifás, sólo defienden su temor, su envidia, su resentimiento hacia quien fue mil veces mejor que ellos. No sé si Cristo fue Dios, pero si alguien mereció alguna vez serlo fue él.
Sin embargo, junto a esa condición católica de la Cruz, creo que algunos caravaqueños mantenemos hacia ella una fe diferente, la que nos es posible mantener a quienes agnósticos o no creyentes hemos crecido sobre una devoción heredada, una fe de la memoria tan digna, tan sincera y tan decente, como la aquellos a los que se les concedió la certeza de la trascendencia. Ni los católicos convencidos de que esa es `sólo´ la Cruz de Cristo, ni los anticatólicos que tanto la odian por la misma razón, pueden negarme mi derecho a sentir la Cruz como un poquito mía. O mejor, no pueden negarme el ser un poquito de ella. No me la pueden robar, aunque mi sentimiento no sea ortodoxo, porque como a Caravaca en aquella noche del 34, si me la roban, me roban mi vida entera, mi memoria, mi infancia.
La Cruz es la fe de mis padres, la de la primera vez que la adoré en el Santuario y me dio mucho asco aun con el paño recién pasado -de crío detestaba que me besaran y me limpiaba con la mano entre el escándalo y los pescozones de mi madre-, la de mi hermana Maricruz, su alegría, su bondad y su dulzura, que ya sólo podré volver a gozar 'en alguna otra vida', la fe de aquel día en que vi los Caballos por primera vez desde la ventana de casa de Mariana, la fe del Carro bajando iluminado por la cuesta, la de las cruces bordadas por mi abuela, la de la memoria de mis amigos muertos y las escapadas al Castillo con las primeras novias, la de la Cueva de los Huesos que tenía imaginarios pasadizos, tesoros y princesas perdidas esperando a un caballero que las rescatara.
No imagino ningún paraíso que no fuera volver a todo eso. Volver a estar con ellos. Mi indulgencia plenaria es que al menos no me condenen al olvido.