Para casi todo el mundo las Navidades son fiestas. Y quienes no tienen tradición cristiana, el caso de China (economía socialista de mercado), las celebran con Santa Claus acogiéndose al invento del abuelo y el trineo. Pero para otros, las Navidades no son nada más que el escaparate de una sociedad de consumo que parece sentirse en la obligación social de gastar, lo que a veces no tiene, en comer, beber y comprar compulsivamente.
Hay otros que no están tan de fiesta. Esperarán indefensos que alguien les lleve a Ecuador, después de ahorrar todo un año para ver a su familia y tomar un avión de un tipo que, además, resulta ser el presidente de la CEOE, casi nada. Y todo ello con el insulto de ese señor que viene y les dice que él jamás se hubiese montado en uno de sus aviones -¿tal malos son?- y que, además, piensa en voz alta y le dice a Esperancita que "tiene un par de cojones" (textual).
¿Y los otros? Quedan demasiados fuera del circuito católico para seguir ejemplificando. Pero se puede añadir que algunos están en paro. Porque si ocho millones de españoles viven con 500 euros al mes, cuatro millones andan en el puto paro. Y entonces viene el Rey y dice que los políticos deben llegar a un consenso para sacarnos de la crisis (le faltó decir que hacen falta unos pactos como aquellos de la Moncloa). ¿Pero por qué no se lo dice directamente a Rajoy?
Las Navidades son fiestas, aparte del Belén y los villancicos. Pero debieran servir para reflexionar sobre tanta hipocresía. Recuerdo lo que hacíamos algunos comunistas de los años sesenta y sesenta, para convencer a determinados católicos y traerlos a la causa: predicarles que Jesucristo habría vivido entre obreros, en barrios humildes, si hubiese nacido ahora (ya saben, lo del ojo de la aguja y el camello). Pero son Navidades. Y es fiesta.
Son fiestas porque, como anuncia un turrón, vienen los hijos a casa. Por lo demás, la fiesta es para unos, los que tienen una buena cena y unas copas para brindar. Pero hay muchos que ni eso. Y otros, tan lejanos y tan distintos, nada de nada. Tan sólo un poco de pasta azucarada y agua sin depurar. Y de estos, los del Belén viviente, blancos y negros, los hay a millones.
Mientras tanto, campanas al vuelo y cohetes. Malditos cohetes, que asustan a Luna y Roque, mis inocentes perritos, que a todas horas señalan el acontecimiento del nacimiento de Jesús, como si no nos hubiésemos enterado por las luces de las calles, las tiendas y las cestas. De pronto, viene un chico diciéndome que Jesús era un revolucionario, pero que la Iglesia se montó después.
Pero estamos en Navidades, en la fiesta. Y el ministerio de Fomento le sigue fletando aviones al presidente de la CEOE para llevarse a unos inmigrantes con el dinero de los españolitos. Y él, tan ricamente, a pesar de que la culpa de la crisis es de Zapatero, aunque el empresario, como otros muchos golfos en otros territorios de riqueza rápida, haya vendido cien mil billetes de avión a los pobres emigrantes que no pueden ir en una compañía barata como la suya, con la que ni él quiere viajar. Y vendrán otros empresarios a forrarse, ya no en el ladrillo, sino en otros confines de oro que se inventarán para mayor gloria de la poca vergüenza.
Y mientras tanto, la creencia todavía ¡oh, necia ilusión! de que el mercado lo arreglará todo. Pero las Navidades hay que felicitarlas, pobres incluidos, porque una sociedad sin pobres, como decía el nacional-catolicismo, no es posible. Todo como cuando Góngora escribió aquello de "poderoso caballero don dinero". Y añadamos lo de un próspero año nuevo. ¿Para quién? Eso ni se pregunta, porque esta es la cuestión.