desde mi pecera

Otra Navidad

 07:24  

JUAN ANTONIO MEGÍAS

Hace unos días, rebuscando entre los papeles que se amontonan en mi escritorio, encontré un recorte de prensa. Se trataba de uno de mis artículos, concretamente uno que publiqué en las Navidades de 2003 que llevaba por título 'Navidades clandestinas'. Suelo guardar los recortes de prensa de mis artículos publicados en este periódico en un archivador que ya aloja más de trescientos inquilinos, por lo que me extrañó encontrar uno fuera de su sitio. Luego me acordé. No era mi recorte, sino otro que me había hecho llegar un amigo con la satisfacción de quien devuelve a su dueño un reloj extraviado. Se trataba de mi amigo Pepegé, aquél de quien escribí que tenía un sentido muy particular de la vida y de las reglas que la regulan. Pepe Garrigós, ahora puedo citar su nombre completo, tenía un tic nervioso que le hacía mover la cabeza constantemente de un lado a otro. "¿Sabes por qué le doy constantemente a la cabeza de un sitio para otro?", te preguntaba. Y al ver que tú callabas prudentemente para no decir que por cosa del Parkinson o qué sé yo, él te contestaba con una nueva pregunta. "¿Tú, te quieres morir?" Cuando con cierta sorpresa por el cambio de tercio le indicaba yo, de esa manera tan latina que acompaña siempre las palabras con gestos, que no, que no me quería morir, Pepegé con una sonrisa cómplice te decía: "Pues yo tampoco. Por eso le doy siempre a la cabeza, como tú ahora, diciendo que no, que no me quiero morir". No sólo ha sido el recorte de prensa lo que me ha traído a mi amigo a la memoria. Todas las Navidades desde hacía casi treinta años Pepe me traía un regalo: una caja de tomates, otra de naranjas y otra con diversas verduras y, entre ellas, un enorme manojo de ajos tiernos que compraba en la lonja y que perfumaba la cocina de mi casa. Ya no olí los ajos las Navidades pasadas, como tampoco los oleré éstas. Pepe Garrigós murió hace año y medio a la edad de ochenta y ocho años. Tuvo un problema de garganta y quedó inmovilizado en la cama de un hospital sin poder decirle que no a la muerte.
Por eso, porque también las Navidades tienen un dejo triste, me permitirán que transcriba a continuación un trozo de aquel artículo que gustó a mi amigo, tal vez porque también a él la Navidad le acercara algún recuerdo amargo y tal vez porque, a pesar de ello, la Navidad para Pepe Garrigós nunca dejara de serlo.
"Adela es una anciana de pelo blanco. Vive con José en un piso pequeño de una calle humilde, en un barrio viejo. Él es jubilado del comercio. Después de muchos años de trabajo detrás del mostrador le ha quedado una pensión que no alcanza los seiscientos euros al mes. Ella no trabajó nunca. Salvo en su casa, en la que aún trabaja. Cierto es que la hipoteca del piso la pagaron hace mucho tiempo. Cierto es también que los pisos han subido mucho y que lo que antes valía doce, vale ahora veinticuatro. Pero les sabe igual, porque es lo único que poseen. Tuvieron dos hijos. Uno se comió los ahorros con la droga hasta que la droga se lo comió a él. La chica se casó y vive lejos, en la otra punta de España. De vez en cuando les llama por teléfono, a ver cómo siguen. Más viejos, cada día más viejos y más solos.
Pero se acerca la Navidad. El día de Nochebuena vendrá Adelita con sus dos hijos, los nietos. Adela les ha preparado a los chiquillos la habitación del hijo. Tras su muerte hace unos años, arregló con sus propias manos unas cortinas nuevas y una colcha haciendo juego, pero no quiso quitar su foto, la de su hijo, al que no puede ni quiere olvidar. José, como todos los años, ha puesto el viejo belén, con sus figurillas rotas como el hijo, con sus Reyes Magos que un año le trajeron hiel. Pero este año van cargados otra vez de ilusión. Los nietecillos romperán de nuevo dos o tres figuras y él, como hizo antes, las compondrá con un poco de pegamento antes de guardarlas para otro año. Como siempre, José ha comprado un jamón serrano. La tienda de ultramarinos de la esquina cerró hace años, así que ahora lo compra en un supermercado cercano. Luego, como para ellos es mucho, se lo llevará Adelita al norte, que allí no hay jamón de ése que tiene dos dedos de tocino y que está untado de pimentón y aceite para que no le pique la mosca.
A José y a Adela nadie les regala nada por Navidad. Ni durante el resto del año. Pocos se acuerdan de ellos, salvo su hija y los nietos. Por eso, compran unas botellas de sidra y unos turrones de Jijona y de Alicante. Antes, Adela hacía cordiales y alfajores que le gustaban al hijo, pero desde su muerte ya no tiene voluntad. Menos mal que los nietos llegan y con ellos la alegría de la Navidad. José les contará cuentos y los llevará a ver el belén del Ayuntamiento, que tiene agua y peces en el estanque. Adela les hará flanes de huevo para el postre. Y en Nochebuena, pues no se pueden quedar hasta Reyes, sacarán los modestos regalos que Adelita, comprensiva, les dijo por teléfono que ilusionarían a los críos. Y algo para el frío, que hace mucho en el norte. Con ellos, llega la Navidad. Dios, que no les ocurra nada en la carretera, que son muchos kilómetros. Haz que llegue la Navidad.
Desde mi Pecera, Feliz Reencuentro, Feliz Navidad".

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