Las entrañas del monstruo

 
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JOSÉ ANTONIO ATANET

Acerca de los campos de exterminio nazis, como sobre casi todo, oscurecían mi mente más desconocimientos de los que estaba dispuesto a reconocer, tras haber devorado a lo largo del tiempo una pila de tochos que iba desde la trilogía esencial de Primo Levi, testimonio de primera mano sobre Birkenau al igual que los de Jorge Semprum, los estudios documentados de Laurence Reis, el estremecedor relato de Jean-Francois Steiner, Treblinka, construido sobre entrevistas a sus contados (menos de ochenta) supervivientes y prologado por Simone de Beauvoir, multitud de biografías de los principales responsables del Holocausto, actas del macro-juicio de Nuremberg, documentales, etc. 
Pues bien, hasta que no me he sumergido, no sin repugnancia, en la peripecia vital del verdugo Franz Stangl, comandante de Treblinca, obtenida por Guiíta Sereny en 1972 a fuerza de múltiples preguntas formuladas y reformuladas durante setenta horas de vis a vis en la cárcel de Remand (Dusseldorf), comprobadas y contrastadas en los lugares del crimen; hasta ahora, digo, ignoraba la abismal diferencia entre campos de 'concentración' y campos de 'exterminio'. Los primeros se establecieron originalmente como servicios penitenciarios destinados a 'traidores' o 'rebeldes' al Nuevo Orden y devinieron básicamente en mercados de trabajo esclavista sin perjuicio de la altísima mortandad consecuente a las infrahumanas condiciones de vida; mejor dicho, de muerte premeditada y alevosa. Aun así, incluso en las peores de estas instalaciones, había cierta posibilidad de sobrevivir. Los campos de 'exterminio' -Chelmno, Belsec, Sobibor y Treblinka, el más extenso y eficaz- no brindaban esa posibilidad; la maquinaria infernal, nunca mejor dicho, era perfecta. Todos ellos, sitos en un radio de trescientos kilómetros alrededor de Varsovia (Polonia), estuvieron operativos sólo diecisiete meses, de diciembre 1941 a junio 1942, tiempo suficiente para el genocidio con la inestimable colaboración de Birkenau, un anexo crematorio, el único en territorio alemán, al macro-complejo concentracionario de Auschwitz. Las razones de esta ubicación van desde el conocido antisemitismo de Polonia a su extensa red ferroviaria y la espesura de sus bosques que favorecía el aislamiento.
Unas palabras sobre el 'método'. El fusilamiento masivo que se practicaba en principio al borde de fosas abiertas por los propios presos presentaba dos inconvenientes: a) los fusileros sufrían estrés, pobrecitos, ante tamaña labor y muchos se iban de la lengua; b) las dichas fosas explotaban literalmente cuando el deshielo liberaba el gas de los cadáveres. De ahí el limpio recurso de los hornos, ensayado en camiones-cámara y masificado en naves o duchas -así se engañaba a los reos- que los propios presos agrupados en 'sondercomandos" manejaban antes de ser sacrificados. Los SS no se ensuciaban.
Según Guitta Serenev, el propio Hitler encareció la discreción absoluta mediante una especie de oficina secreta, la T4, encargada de la 'eugenesia piadosa', pero no necesariamente al exterminio generalizado. De esta forma, el infortunado Stangl, un inofensivo obrero textil con aspiraciones de burócrata, fue captado por el siniestro organismo ignorando hasta el último momento su singular destino. El carnicero de Treblinka narra su entrevista con el coronel-jefe Wirth, insólita por la diferencia de graduación, donde este sujeto lo nombró comandante de Treblinka sin informarle de su 'especialidad'. Serenev ha constatado este extremo así como el temor de frau Stangl a la intuida implicación criminal de su esposo, quien siempre trató de ocultársela.
El hecho es que Franz llegó (a Treblinka), vio y venció. Venció hasta el punto de convertir el establecimiento homicida en el más pavoroso, amplio y efectivo (5.000 gaseados por hora) de todos, incluyendo Birkenau. ¿Qué transformación se produjo en la persona (?) del amantísimo marido, padre ejemplar, hombre común en definitiva, para transformarse en implacable sayón? En prisión, Stangl se declaró educadamente sorprendido de su conducta, alegó obediencia debida -la obediencia tiene un límite- y pidió perdón a las víctimas, incluidas aquellas que tuvieron la gallardía de fugarse y fueron masacradas (60 de 80) en el intento, único en todo el Holocausto, por el bosque aledaño, contradiciendo a Beauvoir en el prólogo del libro de Steiner "¿Porqué los judíos se dejaban conducir al matadero como borregos?". Quizá también Stangl era un borrego. O un carnero furioso. O un rencoroso. O un ambicioso demente. O... En el fondo da igual.

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