Todo el día vengo recordando al maestro Miguel Delibes y a sus crónicas de campo y caza, su ilustre literatura de vientos y solaneras. La Feria de la perdiz de reclamo de Fuente Álamo me lo ha traído a la memoria. El acontecimiento es un festival de canto; de todos los pollos expuestos se esperan grandes conciertos junto al romero y el tomillo. Casi todo hombres, escasas mujeres, si acaso en los puntos de venta de mercancías complementarias; todos machos los de las jaulas y jaulones. Dos mil quinientos ejemplares de ese animal bellísimo que es la perdiz roja, señal de un territorio peninsular. Una algarabía multiplicada de sonidos de todo el catálogo de la pequeña garganta. Canto de cañón o por alto; titeo, piñoneo, embuchado o de dormitorio; de pie (de ahí el título de esta columna); el pájaro macho de perdiz canta de variadas formas, según se trate de su utilidad y necesidad. La hembra de la especie es su público enamorado.
En tiempos ya lejanos, corríamos los pollos o perdigones, en primavera, por los costados de las lomas del Cal y Canto, hasta cansarlos para capturarlos bajo el abrigo de una jara o un lentisco; ahora esta práctica está prohibida muy razonablemente y la feria, todas las ferias de la especialidad, se abastecen de aves nacidas en granjas.
Para los amigos de esta modalidad de caza, del canto de la perdiz, es un espectáculo verlas algo alborotadas por el viaje y su exposición en público; han llegado de muchos puntos vecinos, de Andalucía o La Mancha; el posible comprador las repasa cuidadosamente tras los ligeros barrotes de las artesanales jaulas; intentan descubrir la mejor de las aptitudes, la serenidad y mansedumbre. Es bueno que te picoteen con su pico curvo y rojizo, las yemas de los dedos al ponérselos a su alcance. Es síntoma de placidez. Los hay de un celo, de dos, neófitos en los disparos; algunos se anuncian con la experiencia de la pólvora, de uno o dos tiros. Sus años se miden por celos, por temporadas de posible caza. Los aficionados les miran y calibran las patas de las perdices, sus espolones, y en ellos ven y descubren de la escasa vida del ejemplar; casi todos ellos rondan los cinco meses.
Hay una novedad para la captura de perdices con reclamo, se trata de la que llaman caza 'sin muerte'; un artilugio curioso e ingenioso, que puesto cerca del reclamo en el monte, permite que, al pisar la perdiz determinado suelo, le alcance una pequeña red que le impide el vuelo. No se precisa la escopeta. Tiene sus adeptos y también sus recelosos cazadores amigos de la antiquísima tradición de esta afición muy generalizada en nuestra región. Ha sido un día a perdices; una tarde sonora. He comprado un ejemplar; se llamará 'Corvera', en honor a su lugar de nacimiento. Ya me mira con buenos ojos y 'repasa' con buen gusto. Talento, se le supone.
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