Posiblemente el poco tiempo que ha mediado entre el fin del secuestro del Alakrana y el anuncio de que otros tres compatriotas permanecen cautivos en Mauritania no ha dado ocasión de reflexionar sobre las secuelas que ha dejado el periplo del pesquero. Porque más allá de las críticas a la gestión puntual del Gobierno, nos ha dejado la imagen de un país en descomposición, de gentes ingratas y también de profesionales, los unos vendidos al poder, y los otros a los que se les impide trabajar.
Del manejo de la crisis por parte del Gobierno qué podemos decir a estas alturas que no se haya dicho (o que sí se haya dicho). Queda tocado un presidente que, como suele suceder cada vez que la cosa se pone peliaguda, desaparece del mapa y se agazapa dejando a Fernández de la Vega como escudo humano. Consecuencia de ello, queda tocada la vicepresidenta, que se mostró tan torpe e ineficaz mientras tuvo lugar el secuestro, como preocupantemente críptica y ambigua a la hora de dar explicaciones sobre las condiciones de la liberación. Queda tocada Elena Espinosa, a quien tal vez alguno recuerde como ministra de lo que ahora se denomina Medio Rural y Marino; totalmente invisible y ausente. Queda tocado el ministro de Justicia, Caamaño, quien no tuvo pudor alguno en jugar a tomarnos el pelo con sus malabares verbales ("España, como país, no ha pagado ningún rescate"). No voy a decir que queda tocado el ministro Moratinos, porque la diplomacia española yace en un cenagal desde que se hizo cargo de la cartera de Exteriores. Y queda herida de muerte la niña de los ojos de Zapatero, la ministra de Defensa, Carmen Chacón, que en un tiempo record ha hecho buenos a sus predecesores (y ya es difícil), se ha mostrado primero inoperante, después mentirosa, y finalmente irresponsable al no permitir la actuación militar que debía haber conducido a la detención de los secuestradores tras el pago del rescate.
Especialmente hiriente para el estamento militar fue la rueda de prensa del general Rodríguez Fernández, jefe del Estado Mayor de la Defensa, el pasado 18 de noviembre, en la cual relataba el fallido ataque al buque pirata por parte del helicóptero naval español Sea Hawk del que sólo el ministerio tiene constancia. El dócil JEMAD, fiel a la ministra que lo puso en el cargo, endosó a sus compañeros de armas la incompetencia de la que hizo gala el Gobierno, haciendo pasar por inútiles a unos militares a quienes se impidió realizar su trabajo. Gran golpe moral, ya que nuestros soldados están preparados psicológicamente para que el enemigo los venza en combate, pero no para que el propio Gobierno los ate de pies y manos, negándoles la posibilidad de batirse y poner en práctica aquello para lo que tan costosamente han sido formados.
Y no ya hiriente, sino terriblemente dolorosa, ha sido la actuación de los tripulantes vascos secuestrados y de sus familiares. Perfecta imagen de un país balcanizado y cegado por resentimientos y odios vecinales, el secuestro del Alakrana y su más o menos acertado final ha sido la crónica de una ingratitud. Familiares que se niegan a viajar en un avión del Ejército del Aire, palabras de desdén hacia quienes han trabajado por su liberación, agradecimientos selectivos y con las palabras medidas al milímetro... Ni cuando los españoles nos ponemos a trabajar por nuestros compatriotas renunciamos a quitarnos la mochila cargada de rencor y sectarismo ideológico que secularmente llevamos a cuestas.
Ésta ha sido, en mi opinión, la más dura secuela dejada por un suceso al que ya nadie recordará dentro de unos pocos días, como ya nadie se acuerda del papelón del Playa de Bakio. No aprendemos nada, y lo peor es el drama mauritano que se nos viene encima.
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