El TSJ ha fallado contra la demanda de un profesor de instituto al que agredía la instalación de un belén en su centro por varios motivos; por la imposición religiosa que a su criterio hería su sensibilidad y por estar situado en lugar y forma que era un peligro laboral. Eso creo y esa es la noticia que, evidentemente, nos hace reflexionar en diferentes direcciones. Es verdad que nuestro Estado es aconfesional y que desde ese punto de vista el docente puede sentirse agredido por la mayoría confesional; demasiada sensibilidad, pienso yo, pero está en su derecho de sentir según sus creencias. Y de poner sus reparos, me imagino que por haberse situado en su lugar de trabajo y docencia.
Lo que más me llama la atención es la denuncia y su traslado al juzgado. El profesor no sólo se ha sentido vulnerado en su confesión -o en la ausencia de ella- sino que ha utilizado un medio para la defensa de su derecho, demasiado drástico dadas las cosas como están, lo que denota indignación primaria ante el belén. La libertad se ejerce y ya está. Bien. Dicho lo cual me permito transmitir mi modesta opinión.
También debiera ser cierto que ante estas cosas de la fe, la tradición o llámese como se llame, con más importancia o con menos, según el espíritu de cada cual, debiera existir un sentimiento generalizado que se llama tolerancia. Mal, según creo, debemos tener el espíritu si nos perturba algo como el belén; una tradición cristiana y artística -no olvidemos el detalle- que nos dice de la "historia más hermosa jamás contada"; sin presidir en mí una vocación mística, entiendo que el belén y lo que representa: la venida de un Redentor al mundo para ayudar a las criaturas de buena voluntad, derramando signos de paz y concordia, no parece en principio, una idea odiosa, todo lo contrario, deseable y sugerente para todos los días del año y no sólo en Navidad.
El profesor de instituto, y esto lo digo de todo corazón, se está perdiendo con el rechazo a la representación del belén, con sus figurillas de barro, su pueblo iluminado, su desierto y los camellos portadores de tres sabios del Oriente, entre otros personajes protagonistas de la sagrada historia, el mejor de los deseos de los humanos. Uno de los momentos mal dulces y tiernos que sienten los hombres y las mujeres de cualquier edad.
Es verdad que, repasando la historia de la humanidad, la religión ha resultado, y resulta, a veces, opiácea para el progreso; cierto es, pero el belén goza de tal maravilla de concepto que es una pena que alguien pueda sentirse maltratado por su presencia bondadosa en pro de la concordia.
En mi casa, sin ser practicante, luce un nacimiento todo el año y he de confesar que ayuda su presencia en determinados momentos de desánimo. No hay en nada de lo que he escrito deseo alguno ni de polémica ni nada parecido, sólo que me ha llamado la atención la intransigencia de alguien que se dedica a la enseñanza en libertad. Puede que el belén estorbara, pero nunca su mensaje.
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