Toca compra. Toca consumo. Tocan regalos. Las Navidades son -más allá de la legitima y auténtica felicidad colectiva- una fabulosa maquinaria para el comercio.
Estadísticamente los murcianos nos gastaremos en las próximas semanas casi tanto como durante un trimestre completo del resto del año. Las luces, las canciones y la belleza de las calles estimulan nuestro sentido de compra. Las grandes superficies lo saben y parece que cada año disparan su poderosa artillería de marketing con mayor anterioridad. Es la forma comercial de aprovechar la natural tendencia de la gente que queremos tener, cuanto más tiempo mejor, el corazón grande y luminoso.
El caso es que el consumo prima en Navidades sobre los propios deseos de buena voluntad de la gente. Es ley de vida y decreto de mercado.
Me gustaría entonces decir que ya que vamos a gastar tamaña cantidad de dinero en estas fechas podríamos caer en la cuenta, ahora con más oportunidad que nunca, que el consumo y la solidaridad son dos conceptos que aunque parecen condenados al desencuentro tienen un excelente punto de confluencia en la nueva idea que se ha venido en llamar Comercio Justo.
Reconciliar consumo y solidaridad puede manejarse a través de dos ideas claves. La primera es que sepamos adaptar nuestro consumo de productos, energía y recursos naturales a los límites ecológicos del medio. Consumir responsablemente, comprando lo que realmente haga falta y eligiéndolo entre los productos que sean menos dañinos para el medio ambiente, más seguros para la salud, o más favorecedores de la economía local, está en la base de una forma de compra razonable y sensata.
La segunda idea estriba en aplicar la equidad a los intercambios comerciales entre los países ricos y los desfavorecidos.
Sabemos que en las masivas transacciones comerciales a lo largo y ancho del planeta, unas pocas transnacionales dominan los precios y los flujos de mercaderías. Las quinientas empresas más importantes del mundo controlan una cuarta parte de todos los intercambios comerciales y algunas de ellas tienen cifras de beneficios superiores al PIB de muchos países pobres.
Las consecuencias de este sistema, según todos los indicadores alejados de la demagogia o la radicalidad, es que millones de personas malviven produciendo productos agrarios con mínimo valor añadido, recolectando café o soja, arrancando minerales del suelo o manejando peligrosa y obsoleta maquinaria industrial para fabricar tejidos o zapatillas cuyo valor añadido se quedará en la empresa multinacional que nunca reinvierte en los países pobres. Es fácil comprobar el corolario más patético de esta situación en la explotación de la mano de obra infantil en buena parte del mundo.
Pero algunas organizaciones están reaccionando ante esto en la línea del Comercio Justo, eludiendo el control del mercado convencional y tratando directamente con los productores de países pobres a través de un sistema solidario en el que los beneficios se quedan, al máximo de lo posible, en las manos de los productores. Quizás los productos puestos así en el mercado resulten algo más caros que los normales de los almacenes, pero pagaremos con gusto el precio de la solidaridad, navideña o no, con nuestros semejantes.