Identidad geográfica

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JOSA FRUCTUOSO

El mismo desconcierto que muestran los franceses cuando se les pregunta sobre la identidad francesa, parecen mostrar los ciudadanos de esta cálida región nuestra. Está claro que el interés de Sarkozy al lanzar el debate sobre la identidad francesa no es meramente intelectual. Con connotaciones menos agresivas y dramáticas, podría ser el mismo que impulsó a Hitler a eliminar a todo aquel que no fuera ario. Aquí, el interés seguramente no llega a esos extremos, sino que más bien responde a un impulso mimético que se podría resumir en la cuestión siguiente: si los demás tienen una identidad ¿por qué no nosotros?
Me interesa el hoy sarkozyano debate sobre la identidad en la medida que me interesa observar el grado de estulticia que los humanos somos capaces de alcanzar. Conste que no pretendo acusar de estulto ni a Sarkozy ni a quienes se interesan buenamente por una cuestión que parece tan importante como la de la identidad. En cualquier caso, yo no me libraría de estar entre los estultos, ya que, en este momento, estoy metida de lleno en el enredo sarkozyano.
La de la identidad es una de esas cuestiones que necesitan ir acompañadas de un himno y de una bandera para hacerse sustanciales. Si no, estamos perdidos. Porque ¿qué es la identidad? No se me ocurre mejor ejemplo para ilustrar la identidad que el del dios Yahveh, cuando dijo aquello de "Yo soy el que soy". Eso es identidad. De su intérprete, Moisés, se dice que era o que quedó tartamudo, seguramente a consecuencia de tan apabullante manifestación de identidad, ante la cual, nosotros, simples humanos ¿qué somos, sino pura nada aspirante? Lo nuestro es una tragicómica utopía, un sueño imposible, una búsqueda patética y sin final.
Exactamente desde ese acto divino, soberano y fundacional, de exhibición de la identidad, nosotros, pobres humanos, no paramos de buscarnos. Unos lo hacen por la vía interior, mirando hacia dentro de sí mismos, creyendo, estando convencidos de que ahí dentro, en algún repliegue del abdomen, del tronco o de la cabeza, habita una especie de duendecillo conductor, el yo, que vendría a ser la yema de la identidad. Otros se buscan por la vía exterior convirtiéndose en algo así como turistas de la identidad, buscando a través del viaje esa yema oculta en 'lo otro'. Vanas ilusiones. Hay quienes, por el contrario, ni se buscan, porque se han encontrado desde siempre. Son los que afirman sin cortarse "yo soy así", que es lo mismo que lo de Yahveh pero a lo bruto. Quienes afirman de manera tan rotunda su identidad no son sino una versión vulgar de la sartriana 'mala fe', que podría ser traducida, en este caso, como autoengaño respecto a la propia miseria. Esta es gente que, además, nunca han leído a Heráclito. Heráclito no es un autor de best-sellers, al contrario, fue un señor muy serio y muy oscuro que vivió en el siglo VI a. C. y del que, debido al paso del tiempo y sus avatares, apenas nos han llegado tres o cuatro frases. Así que no resulta pesado de leer. En resumen, si hubieran leído a Heráclito sabrían aquello de panta rei, o sea, que todo cambia, que nada, ni la más pura idiosincrasia, permanece. De hecho, hasta las piedras cambian, más lentamente, pero cambian. Nadie debería empeñarse en ser más duro que las piedras.
No menos obtusa, pero sí mucho más peligrosa, resulta la búsqueda de identidades colectivas. La obsesión de la identidad colectiva no sólo lleva a la gente a cometer las mayores estupideces, sino incluso a matar o a morir. Esa burda forma de identidad que es el 'nosotros' y que se construye a base de afiliaciones y de exclusiones, alimenta las diferencias que conducen al enfrentamiento y al desprecio del otro. Es una identidad perversa, que se nutre de las diferencias pero que, paradójicamente, detesta al diferente, al que no es de los 'nuestros' ni forma parte del 'nosotros'. Discriminaciones, marginaciones, masacres, genocidios, guerras y otras lindezas que adornan a la especie humana tienen como pendón la bandera de la identidad.
Vanidad de vanidades, pues nunca seremos la identidad que querríamos ser. Ese idem, ese igual a sí mismo es vana ilusión, es cosa de dioses, no cosa de humanos, simples gusanos atravesados por la nada, que podría haber dicho Sartre. Y desde este convencimiento de puro gusano atravesado por la nada, me apunto al debate sobre la identidad regional. Lo que siempre me ha gustado de las gentes de esta tierra es su falta de señas de identidad, porque la mejor identidad es la que ni se tiene ni se busca. Eso nos abre, nos libra de manías, nos vuelve acogedores y tolerantes. De manera que prefiero que sigamos sin hallar esas señas de identidad, que necesariamente habría que inventar y cuya ausencia parece ahora preocuparnos. Y para evitar comprensibles suspicacias que derivan de ofuscaciones identitarias, así como para evitar el abuso que supone que una parte ocupe el lugar del todo, propongo que esta región cambie su nombre y pase a llamarse Región del Sureste. La geografía es menos discutible que la historia.

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