Eso fue lo que escribió Francisco Alemán Sainz el día 25 de mayo de 1981, "Día tranquilo. Nada". Pero siguió escribiendo sobre el cine, que tanto le gustaba ("'La Conversación', de Coppola. Una buena película"), y andaba entonces con varios cuentos, ensayos y con el Diccionario de la Región de Murcia. Yo fui a verlo el 12 de junio, con mi hermano Pepe y un amigo, para llevarle un libro del Padre Morote sobre Lorca, que era más una historia de aventuras de buenos y de malos. El día 15, a las 10 de la mañana, deja mi amigo Paco Alemán de fumar y Tierno escribió en sus Cabos Sueltos, página 160, "Escritores finos, inteligentes y receptores de cualquier corriente intelectual, como Alemán Sainz".
Tuve su afecto, correspondiendo por la emoción de saber que era amigo de uno de los escritores más sobresalientes de Murcia. Nadie como él en aquellos cuentos fraguados entre su Kiosko de La Torre de la Horadada y el noveno piso -a veces con el ascensor roto- de la calle de La Herradura de Murcia.
He llegado a sus últimos diarios con el cariño que le profesaba. No confesaré sus secretos, pero su vida, en esta y aquella provincia que desasiste a sus intelectuales y artistas hubo y hay -desde que él nos da noticia escrita, allá por el primero de agosto de 1981, en que estaba ya sentenciado por una nueva y determinante enfermedad- un silencio irrespetuoso, casi obsceno del desajuste de la Murcia brillante con la murcianía ignorante.
Ha sido, es, como si aquellas palabras íntimas suyas, "Amanece gris. Aire. No hay luz. Se oye el mar. Llueve de madrugada...", se colaran desde el recuerdo escrito de su fina caligrafía hasta el maldito y pacato provincianismo murciano del día de hoy. De esta Murcia sórdida ha hablado alguna vez el periodista Antonio Arco, que tal vez conoció a Paco Alemán Sainz. No lo sé. Pero de lo que estoy seguro es de que a Paco le hubiese gustado conocerlo, porque como a él, a Antonio, le asoman en sus escritos de periodista independiente profundidades y verdades del mejor buen calibre. Algunas de ellas desde la referencia a los acontecimientos que nos tocaba vivir. Un ejemplo de Paco del día 23 de febrero: "En las Cortes una demostración de absolutismo de la extrema derecha. Es como una cinta de gangters". O el 25: "Una vez más los militares han querido salvarnos, menos mal que no lo lograron".
Pero decía que tengo en mis manos sus últimas notas. Su pensamiento y gustos literarios, sus comentarios de aquellas películas de su canon personal fílmico, de las extrañas, y también el de las malas, porque Paco las veía todas, aunque fuese a través de la televisión, y lo leía todo, separando lo bueno de lo mediocre, siempre en complicidad con Carmina y con sus buenos amigos. Y Paco Alemán los tenía de todas la edades: Antonio de Hoyos, Asensio Saez, Alberto Colao, Eduardo Alonso, Paco Flores Arroyuelo, Antonio Segado, Francisco Javier Díez de Revenga... Ellos, como yo, sabían de su capacidad literaria y de una absurda pérdida de tiempo en buscar fondos para pagar la contribución, la luz, el taxi que le llevaba al Kiosko de La Torre... Nunca tuvo nada, sino muchos trastornos pecuniarios. Pero escribía con aquella lucidez y aquella cultura insólita en los tiempos que corrían.
Y cuando Paco se fue de aquella Murcia suya y nuestra en la que vivía, ajeno al chipirrín, a los bandos panochos y a la necedad humana que se empeña en el triple salto mortal de la cultureta y los aduladores del mandamás de turno de aquella Trapería donde los santones adinerados convivían con la última estirpe de una emergente izquierda divina, cuando se fue, digo, Carmina tuvo que vender todo lo que había en el Kiosko y en la Herradura. Cientos de libros leídos por Paco y sus notas de fina escritura. Menos mal que todo aquello iba cayendo en buenas manos, unas con más sensibilidad que otras, al menos por lo que yo sé.
Después también se fue Carmina, y hasta Dalila. Todo un día tranquilo. "Día tranquilo. Nada". Fue así, como esta mañana de domingo, cuando releo en mi despacho algo de los gustos literarios de Paco, poco después de que mi mujer me traiga el periódico. Leo a Roland Barthes. Y tal vez por hacerle un homenaje a aquel señor de la corbata que trabajaba en Radio Nacional. Y en Murcia, exactamente igual: "Día tranquilo. Nada".