Román Polanski, uno de los mayores cineastas vivos, posee el don de la visión nocturna, esa que ayuda a ver las sombras que se mueven en la noche, o la noche misma descompuesta en sombras. En un tiempo Polanski quiso saber más de la noche, penetró en el dominio de vampiros y diablos, se hizo vampiro (¿y diablo?) él mismo, su mujer y amigos fueron sacrificados por alguien que se creía agente de la sombra, pero él sobrevivió, y salió con saludable aspecto de aquel tiempo de hechizos. Quizá le salvó el sentido de la distancia del artista, que para serlo ha de rondar el fuego sin quemarse. ¿Fue su negro humor el modo de marcar esa distancia? Tal vez ahora pase tiempo en la cárcel y salga de ella vacío. Aunque sea una prueba terrible, vista desde fuera remata la talla de una figura trágica. Como devoto de su cine (subrayo: de su cine) le deseo que no pierda el humor. No les dé ese gusto.