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DIGO YO

Mater España

 
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JOSÉ ANTONIO ATANET

Mater España de barba peregrina...
Madrastra España... fibra óptica y ladillas
Joaquín Sabina, doctor en Teología y cantautor                                                                                                                                 

Cuando sostengo que el Sabina es mejor poeta que J. R. Jiménez o Alexandre, por citar a nuestros dos Nobeles de literatura presentables (ni Echegaray ni Benavente lo son), estoy valorando una cualidad fundamental al poema: la ética. O sea el desgarro y sinceridad precisos para cantar la pasión, la adicción, la vida. Los mentados inmortales fueron unos virgueros del idioma, preciosos en la lingüística, pero opacos en ciertas parcelas de su intimidad. Así Juan Ramón nunca poetizó su hipocondría, sus batacazos amorosos, su absoluta dependencia de Cenobia Camprubí -pronto la siguió al hoyo-, su lengua viperina (el de Palos criticaba bisbisando a todo dios a diferencia de Joaquín, quien solo insulta a Javier Sardá). Alexandre, cuya obra apenas conozco, parecía querer difuminar su homosexualidad, al contrario que Cernuda, tan diáfano. Sabina es un peligro: no sólo es alcoholémico, putero y fumador sino que invita a su casa a los Príncipes de España... y van.
Premiosa introducción ¡vive Dios! ¿vive?, para divagar (o vagar que me gusta más) en torno a la península ibérica. ¿He dicho ibérica? Pues sí, señor, porque Portugal e incluso Gibraltar, no faltaría más, están cosidos en mi imaginario profundo donde se imbrican Madrid y Lisboa, Ayamonte y el Algarbe, la gamba y el bacalao. Hasta el advenimiento de la democracia no entreveía yo el frenesí nacionalista al que hoy se apuntan todos (la Academia Valenciana de la Lengua es una risa), menos Extremadura, Murcia y Madrid, precisamente los escenarios de mi peripecia vital, Cartagena aparte, donde a nadie se pide pedigrí racial para tomarse unas copas y, gajes del alcohol, vomitarse entre sí todo lo vomitable (vomitivo es otra cosa). Ahora bien, dado que semejante reivindicación estuvo prohibida durante el franquismo como, de otro lado, todas las demás y máxime la libertad de expresión; establecido en el nuevo marco democrático, digo, me resulta 'ostentoreamente' indiferente que los vascones se segreguen, los catalanes pongan tierra fronteriza por medio o los gallegos zarpen hacia no se sabe. Digo más. ¡Háganlo ya y dejen de dar la vara!
Primero de todo, la patria es la comida. Al garbanzo, esa deliciosa bola de carne vegetal que dijo Galdós, lo asocio sin remedio a un suculento banquete dada su disposición a fundirse (?) con cualquier cosa, sea arroz, verduras o bacalao. Esa gamba de Huelva sólo puede competir con el langostino del Mar Menor. ¿Y los callos a la madrileña o los bocatas de calamares del Rubí? Luego descubrí las fabes -alfaisanes les decían los árabes y se sigue diciendo en Jerez de los Caballeros-, acontecimiento que conduce a la fabada, indescriptible manjar, todo ello sin prejuicio de la supremacía del bacalao al pil-pil y del marisco gallego. Lo perverso es apoyarse en estos y otros hábitos culturales transcendiéndolos e inscribiéndolos en un ADN privilegiado (Arzallus), infalible síntoma infantil hacia el nazismo.
Reconocimiento público, firmado e impreso, de mi profunda incoherencia: Cuando en la mayoría de esos juegos de competición que tanto he denostado aquí en lo relativo a la espectacularidad (La pamplina deportiva, Perfil del forofo), escucho orgulloso el inaudible e incantable himno nacional y veo a la rojigualda elevándose central entre símbolos de todo el mundo, entonces, cuando Nadal era primer tenista mundial y la selección obtuvo la medalla de oro en los mundiales de baloncesto (todo ellos narrado con serio encanto con el gran Andrés Montes que se quitó de enmedio anteayer con no menos grandeza), en semejantes tesituras puede ponérseme la carne de gallina.
Ya está dicho casi todo acerca del país; podría añadir la nueva Ley del Aborto, con perdón de Benigno y los 60.000 manifestantes -científicamente constatados-; de las vías ferroviarias -esos Aves, aquel Talgo-; del sistema sanitario salvo en algunas 'naciones conservadoras'; de la educación básica obligatoria y gratuita con las mismas excepciones; de las políticas sociales... Pero no voy a hacerlo. Escudriñen a Sabina.

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