Cuando en todos los países desarrollados han aparecido ya brotes verdes por doquier y de lo que se habla es de cómo evitar la próxima crisis, en España hemos asumido que vamos a salir tarde, mal y nunca. Se diría que los países son esclavos de su tradición literaria. En España lo somos del Quijote y la picaresca. Hidalgos famélicos guardaban migas de pan para sembrar sus barbas y aparentar que acaban de comer, cuando sus ojos hundidos y opacos delataban su desnutrición. Algo así está ocurriendo con nuestras instituciones bancarias. Todas proclamando a los cuatro vientos que la crisis no iba con ellas y va la agencia Moody's y descubre que la pretendida solidez y prosperidad de los bancos españoles no eran más que migajas estratégicamente sembradas en sus barbas.
La sociedad de Estados Unidos, en cambio, vive presa de la celeridad y del incesante movimiento hacia delante. No es difícil encontrar ejemplo de ello en su literatura. El país norteamericano sufrió, lo mismo que España, el crecimiento desmesurado y posterior estallido de una burbuja inmobiliaria que contaminó a las entidades bancarias de activos tóxicos, generadores de grandes pérdidas. Enseguida bajaron de forma notable los precios de las viviendas y el mercado inmobiliario, como consecuencia, inició su recuperación. La banca primero reconoció la existencia en sus balances de enormes cantidades de activos tóxicos y asumió las gigantescas pérdidas asociadas, e inició un reposicionamiento. Eso llevó a la quiebra de algunas instituciones -incluso muy prestigiosas, como Lehman Brothers-, mientras otras, con las fuertes sumas de dólares que el Estado puso de inmediato a su disposición, lograron salir a flote. Ahora mismo, algunas de esas están obteniendo de nuevo enormes beneficios, mientras que otras todavía luchan contra las colonias de números rojos en sus balances. Por eso, aunque algunos reputados economistas siguen reclamando intervenciones estatales más drásticas y continuadas, se puede decir que empieza a atisbarse la luz al final del túnel de la crisis.
En España, sin embargo, vamos mucho más despacio y tratando de ocultar la realidad. Los pisos han bajado, cierto, pero en ningún caso han llegado a las cifras de antes de que la burbuja empezara a inflarse. Esa es la causa de que el mercado inmobiliario siga paralizado y que millones de viviendas y locales sigan sin venderse en todo el país. Nos gusta seguir pensando que nuestras propiedades son valiosísimas, a pesar de que nadie esté dispuesto a refrendar ese valor pagando unos precios todavía exorbitados. Las migas en la barba, vamos.
Por otra parte, si Moody's tiene razón, las entidades bancarias españolas, tan alabadas por su solidez, parece que han estado ocultando pérdidas y que han resuelto enjugar su enorme déficit -la agencia lo cifra entre 108.000 y 225.000 millones de euros; otra prestigiosa firma de rating bancario como Fitch lo niega- en varios años y a escondidas. El resultado de esta apuesta por mantener las apariencias y por la picaresca sería la lentitud en la recuperación. Pero no sólo de la banca. Durante ese largo periodo de tiempo, seguirá escaseando el dinero para la concesión de créditos a las empresas. Y el crédito para la endeudada empresa española es imprescindible como el aire para respirar. Por esa mezcla de conservadurismo, de resabio hidalgo de que nadie se dé cuenta de lo mal que estamos y de picaresca, la agonía de la economía española se prolongará todavía durante mucho tiempo. La culpa no se le podrá echar únicamente a la denostada tendencia de Zapatero a la improvisación, sino que nuestro destino está en nuestra tradición literaria. Y lo que nos ha conducido a la cima del arte en el llamado Siglo de Oro es hoy nuestra condena en la economía. Tal vez no lleguen nuestras desdichas a durar un siglo, pero parece seguro que el oro no será precisamente lo que abunde durante el próximo lustro.
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