Hay desde siempre en el ser humano una tendencia a recrearse en las fantasías, en lo que podría ser y no es o en las utopías perfectas. También la política, y sobre todo la política cultural, que es la más simbólica, tiene ese matiz de ficción, de voluntad de empujar las cosas reales hacia lo que no existe pero el visionario de turno ya entrevé como ideal.
Un ejemplo. Parece ser que en España hay pocas mujeres cineastas. Y dado que esto algunos lo interpretan como resultado de la discriminación machista, nuestras sabias autoridades, que no pueden redistribuir el talento, van a redistribuir las subvenciones de modo que reciban más fondos públicos aquellos proyectos que sean dirigidos por mujeres. Así, la bienintencionada administración corrige lo que no puede ser sino error de una sociedad patriarcal que impide a las mujeres realizarse profesionalmente gritando aquello de "¡Acción!" o "¡Corten!". Es de suponer que la situación ideal sólo se alcanzará cuando las mujeres dirijan el mismo número de películas que los hombres.
No contentos con el igualitarismo cinematográfico de género, la próxima ley del cine de Cataluña tiene como fin el que se proyecte la misma proporción de películas en catalán que en español. Se quiere con esto forzar a las distribuidoras a doblar al catalán las películas extranjeras, incluso si no les resultara rentable económicamente el proyectarlas. Sueña el legislador con unas salas de cine inmaculadamente bilingües en las que pueda verse cualquier película en cualquiera de las lenguas del Estado. Pero lo cierto es que si leyes como éstas salen adelante, la ruina de los exhibidores de cine está garantizada desde el momento en que se les obligue a cumplir con las cuotas de pantalla de cine europeo, de cine femenino y de cine autonómico. La vieja ley de la oferta y la demanda según la cual el público es soberano para elegir qué quiere ver, ha de cambiarse por los designios biempensantes de burócratas que delinean con precisión utópica lo que debe ser el cine y la cultura. Si el público insiste en querer ver películas americanas dirigidas por varones, no habrá más remedio que legislar al respecto. Hasta ahí podríamos llegar.
Segundo ejemplo. El escritor Kirmen Uribe acaba de obtener el Premio Nacional de Narrativa 2009 con Bilbao-New York, New York-Bilbao. Lo curioso del caso es que esta novela está escrita en euskera y todavía no se ha traducido al castellano. Ha vendido unos cientos de ejemplares en el País Vasco pero ningún editor del resto de la península se ha interesado por ella. No dudamos de la calidad literaria de la obra, a la que deseamos la mejor de las suertes, pero sí resulta extraño que el jurado nombrado por el ministerio de Cultura destaque un libro que sólo ha podido leer una parte mínima de la población. Como sólo uno de los miembros del jurado hablaba vasco, debemos suponer que su capacidad de persuasión era bastante grande o que en la España de las realidades nacionales los premios literarios no se dan atendiendo a la calidad sino por turnos de lenguas cooficiales: este año una novela en vasco, el año próximo un libro de poesía en gallego. Sea como sea, es de temer que independientemente de lo que determinen las autoridades culturales como canon ideal de equitativo mérito literario, el lector medio, tan políticamente incorrecto y tan alejado de las realidades plurinacionales, seguirá leyendo el premio Planeta, las novelas policiacas suecas o lo que le venga en gana.
Pero para premios bienintencionados, el Nobel de la Paz que han otorgado al presidente Obama a los pocos meses de ser nombrado, no por lo que ha hecho hasta ahora, no por una larga trayectoria de méritos incuestionados, sino por los grandes acontecimientos planetarios que los académicos suecos (tan deseosos ellos también de hacerse una foto) esperan de él. En el paroxismo de los buenos deseos y de la obsesión por lo políticamente correcto, el pensamiento débil dominante se empeña en crear un mundo de fantasía totalmente diferente del que nos rodea. Hasta el punto de obviar el hecho de que el flamante Nobel de la Paz no deja de reclamar tropas para una guerra de Afganistán que no se sabe cómo acabará.
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