Consejería de Educación, ministerio de Educación, concejalía de lo mismo, y otros... leemos a toda hora en la prensa escrita y se nos dice en los demás medios, guardándose muy bien unos y otros de aclararnos lo que debemos entender por Educación con mayúscula.
Todos, o casi todos, participamos de la educación, la cual, vista de una forma más bien simplista, se divide en dos: la buena educación y la mala ídem. La buena consistiría, entre otros, en besarles la mano a las señoras en los momentos adecuados, presentaciones y demás, y en cederles el paso y el asiento en los autobuses a los ancianos, a las susodichas señoras y a los guardias municipales. Sobre todo, a estos últimos. Porque, de lo contrario, te la tienen guardada y, a las primeras de cambio, te clavan una multa por quítame allá esas pajas.
Me pregunto a qué diablos puede deberse el uso y abuso que desde algunos años acá se viene haciendo del vocablo educación. ¿Es que no quedaba mucho más bonito aquello de Ministerio (o Consejería, etc.) de Educación y Cultura?... Se ocupaban unos centímetros más de espacio en los rótulos y titulares, sí. Pero no creo que la cosa sea para tanto ni que haya que cuantificarla en términos económicos sino más bien políticos, ya que para los que hayan hecho una profesión de la política, su ideal de ciudadano modélico será siempre el más afectado de aborregamiento, adicto a la telemierda, al deporte espectáculo, al chismorreo y a otros resortes igualmente contaminados de querencia al aprisco.
Creo ya haber traído demasiadas veces en esta columna, o lo que sea, aquello de Goebbels, el nazi aquel que afirmaba que cada vez que oía la palabra cultura le quitaba el seguro a su revólver; y pese a que pueda parecer que estoy perdiendo facultades -los años no perdonan- quiero recordárselo una vez más a mis lectores, sin que ello signifique que pretendo equiparar los políticos que nos viene dando esta democracia -como mínimo, formal- ni sugerir que los nuestros le quiten también el seguro a su revólver ante la palabra cultura. En primer lugar porque no tienen revólver. Su arma es el poder seguir fomentando el vocablo Educación. La mala, se entiende, dadas las evidencias que tenemos de los estragos que está causando precisamente en el campo de la cultura. Vean, si no, la al menos media docena de debates diarios sobre futilidades televisadas en los que todos los participantes hablan al mismo tiempo, o más bien berrean, sin que nadie escuche a nadie ni se llegue a ninguna conclusión ni acuerdo de pareceres. En ellas, los moderadores (o moderadoras) no moderan nada. No porque no sepan, sino porque en su función de delegados/as del mal gusto y del político que les avala, no quieren; y aquello se nos convierte en gallinero, que es lo que quieren los que están subidos en el machito.
O sea, todo lo contrario de lo que fueran aquellos debates de La Clave, espacio moderado por José Luis Balbín. Nadie en ellos le quitaba la palabra a nadie, salvo raramente, en cuyo caso el infractor era llamado inmediatamente al orden. Con educación, claro. José Luis es una persona educada. Rara avis.
Nadie ignora, por supuesto, que la educación en su sentido más amplio tiene muchas excepciones, varias de ellas alusivas a la cultura con la que frecuentemente se confunde. Pero muchos lo ignoran, o quieren ignorarlo a base de quitarle el seguro al revólver que no tienen y, si lo tuvieran, no sabrían dispararlo.
Sin embargo, no deberíamos ignorar que los términos cuyo uso va quedando relegado, como en este caso cultura, se vacían paulatinamente de contenido.