Sostenía Patricio Hernández, en un excelente y reciente artículo publicado en estas páginas, que la mayoría del electorado murciano habría caído en la ilusión, auspiciada por el PP regional, de que los problemas de esta tierra tienen su origen en el Gobierno Zapatero mientras que los aciertos son atribuibles, en exclusiva, al Gobierno regional, el cual estaría impulsando un victimismo nacionalista tan infantil como falso.
Comparto en lo esencial este análisis, que me conduce a la constatación de otra fantasía colectiva, esta vez residenciada en lo que identificamos como el sector progresista y de izquierdas del electorado. Éste alberga la ilusión, reforzada en los momentos álgidos de la disputa electoral, de que el PSOE constituye una alternativa a la derecha. No importa que desde hace décadas la gestión de los Ejecutivos socialistas ni siquiera ha orillado prácticas socialdemócratas; más bien, las políticas económicas puestas en práctica han sido absolutamente asimilables a las que han desarrollado los Gobiernos de Aznar. A pesar de estas evidencias, empíricamente apreciables, cada vez que se nos cita a las urnas, el vértigo se apodera de gentes que, aun sosteniendo posiciones muy críticas con la trayectoria de Gobiernos del PSOE, en el momento de depositar su voto son incapaces de sustraerse al clima, entre eufórico y posibilista, que despliega el imponente aparato de propaganda de los socialistas.
No obstante, ese ambiente se alimenta día a día, y no sólo durante las campañas electorales. Así, en la fiesta minera que el PSOE celebra anualmente en León, veremos puños en alto y cantos de La Internacional, todo ello con el correspondiente arrope sindical. Algunos ministros y dirigentes del partido desplegarán periódicamente una fraseología izquierdista, sin ruborizarse lo más mínimo por el contraste, a veces contundente, entre esta palabrería y la tozudez de unos hechos cotidianos soportados en los proyectos políticos que se impulsan desde el Gobierno. De este modo, el elector o electora de izquierdas, aunque tuerza el gesto cuando observa acciones y omisiones de los presuntos socialistas en el poder más propias de un Gobierno de derecha, va acumulando en su mente un poso de recuerdos a base de gentes que entonan cánticos revolucionarios y arremeten verbalmente contra los poderosos. Una derecha atrapada entre corruptelas y mensajes ultraconservadores hace el resto, y nuestro votante de izquierda respira entre aliviado y dubitativo cuando mete en la urna la papeleta del PSOE.
En esta profunda crisis económica que padecemos, este conflicto esquizoide entre palabras y hechos ha alcanzado cotas difícilmente superables. Dudo mucho de que algún dirigente europeo, tras presentar un proyecto de fiscalidad basado en el incremento de los impuestos indirectos (aquéllos que pagamos todos), después de haber rebajado previamente en mucha mayor medida los directos (los que se pagan en función de la renta), tuviera la desfachatez, como ha hecho Zapatero, de asegurar que quienes se oponen a esas medidas son los sectores más poderosos de la sociedad.
En otros países, el rumor de indignación y la carcajada hubieran sido más que sonoros. Aquí estamos instalados en la alienación que provocan, y retomo las palabras de Patricio, "la desinformación interesada y la escasa educación política de muchos ciudadanos", en el caso de su artículo referidas a la situación murciana en general, y en lo que a este texto respecta relativas a una parte importante del electorado progresista que, mientras que en otros países europeos (Alemania, Grecia, Portugal...) comienza a apostar por opciones transformadoras dando la espalda a unos socialdemócratas hace tiempo devenidos liberales, en estos lares sigue prisionera de los espejismos que inducen quienes, sirviendo fielmente a los poderosos, escenifican su progresía despotricando contra aquéllos y levantando el puño, abonando de este modo el terreno para pedir un voto, el de izquierdas, con el que hacer las políticas de derecha a las que, desde hace demasiado tiempo, nos tienen acostumbrados.
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