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Poemas de amor a euro

 
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CECILIA LÓPEZ

Se llama Jorge Echeverría y escribe poemas de amor a euro, a euro si tiene suerte; en realidad se conforma con la voluntad. Sólo lo he visto una vez, debe ser que además de vena poética tiene inclinación itinerante, porque he vuelto a pasar por donde lo vi y ya no estaba allí o igual es que pasó alguien más generoso que servidora y en lugar de un euro le soltó una lotería ganadora, quién sabe.
Paseaba servidora una mañana mañanera de un miércoles cualquiera y empezó a escuchar una voz a través de un altavoz. Era Jorge, pero yo no lo sabía porque no se le entendía ni se le veía. Sólo se distinguía, poniéndole mucho empeño, el final de las palabras lanzadas al aire sin dueño (-acia, -eblo), y pensé que era un señor que había encontrado trabajo arengando a las masas sobre las delicias de un partido nuevo (-acia, democracia; -eblo, pueblo), el eterno discurso contado con la impertérrita conveniencia de una u otra tendencia.
Al acercarme al contratado noté que el suyo debía de ser un partido bastante pobre y hasta cutre porque tenía, por todo estrado, una mesa plegable de playa cubierta con el mantel de plástico menos romántico que he visto en mi vida; de su discreto púlpito salía un micrófono con atril incorporado y justo detrás de todo estaba Jorge, que pasó ante mis ojos de contratado a mesías iluminado leyendo cosas con mucho sentimiento y poco entendimiento. "Coge un poema. Se acepta la voluntad", pendía un folio fijado con cinta adhesiva a la mesa dominguera que se escondía medio acomplejada debajo del hule añorando tener por todo horizonte una sandía refrescándose en la orilla del mar y una nevera a su vera. En mis oídos, ayudados por mis ojos, empezó a cambiar la cantinela y en lugar de democracia para el pueblo comencé a entender que hablaba de la gracia de tu pelo, cosas de la acústica que con mala tecnología se vuelve sarcástica. Esbozaba una sonrisa cuando me percaté de que el poeta tenía detrás de la jeta el edificio de uno de esos centros de arte que proliferan como setas para enseñarte cosas de trasnochados estetas que consideran que no hay nada más moderno en el planeta que ver en directo cómo se acuchillan las tetas. Esto es una performancia, me dije en guardia, pero le pregunté a uno del centro que pasaba y me negó cualquier relación con la puesta en escena.
Todavía cauta, lo confieso, me acerqué al devoto del verso que leía y leía toda su bibliografía y compré mi poema del día con toda mi voluntad estimada en un euro, que era más o menos lo que en su cepillo había. Me tocó en suerte un poema titulado Tu precio, cosa que me emocionó bastante porque pensé irme con mi tasación a casa e ir ofreciéndome más o menos por lo que allí suponía que ponía que mi persona valía: un ojo de cristal para un tuerto, un buchito de agua en el desierto, experiencia para el inexperto, un chute de vida para un muerto. Lamentablemente, Jorge desplegaba en su poesía la inalcanzable lozanía de una belleza que no era la mía. Considerablemente maltrecha lo miré de izquierda a derecha con el corazón hecho una brecha y me prometí vengarme al día siguiente montándole mi propio chiringuito poético en toda la frente. Lo que ocurrió al día siguiente fue que Jorge no vino y resultó ser lo mejor porque servidora, al llegar a casa, se puso delante del folio a escribir poemas de amor y de su arrebato trovero no salió ni un te quiero que sólo se me antojaba rimar camión con camisón mientras el sudor me mojaba presa de la frustración.
Si ven a Jorge por Murcia -qué mala rima tiene Murcia- cómprenle una octavilla, me late que para el invierno cambiará la mesa de playa por una de camilla. Se lo reconoce fácilmente porque el hombre es ruidoso, pero hace "trabajos personales para recordatorios, regalos, poemas de amor, etc."; eso ponía en mi poema, junto con su teléfono: 608 034 043. ¿Quién no intentaría recuperar su noche y su día con un poema que vale lo mismo que lo que se da en la abadía? Además, Jorge Echeverría rima con poesía.

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